Las aguas del río Salmon, en la cordillera Brooks de Alaska, han perdido su claridad cristalina y hoy lucen un inquietante color naranja con un aspecto turbio. Este fenómeno, detectado por primera vez en 2019, es una señal alarmante de cómo el cambio climático está transformando el Ártico.
Un estudio reciente, publicado en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias, revela que el calentamiento global está derritiendo el permafrost, permitiendo que el agua y el oxígeno reaccionen con minerales como la pirita. Este proceso genera ácido sulfúrico, que libera metales como hierro, cadmio y aluminio hacia los ríos. “El aspecto de estos ríos recuerda al drenaje ácido de minas, pero aquí no hay mina. Es el permafrost descongelándose y alterando el paisaje”, explica Tim Lyons, biogeoquímico de la Universidad de California Riverside.
Pérdida acelerada del permafrost en el Ártico
El permafrost, que cubre aproximadamente 22.8 millones de kilómetros cuadrados en el hemisferio norte, está disminuyendo a un ritmo alarmante debido al calentamiento global. Según datos del programa de Monitoreo de la Capa Activa Circumpolar (CALM), la profundidad del deshielo del permafrost ha aumentado en las últimas décadas, con un incremento en el espesor de la capa activa (la parte del suelo que se descongela estacionalmente) en numerosos sitios del Ártico. Estudios indican que la extensión del permafrost podría reducirse hasta en un 30% para finales del siglo XXI en áreas al sur de los 70°N, particularmente en regiones como Alaska y Siberia, si las emisiones de gases de efecto invernadero continúan sin control. Este deshielo no solo libera metales tóxicos, sino que también puede liberar hasta el doble del carbono almacenado actualmente en la atmósfera, exacerbando el calentamiento global.
Un cambio irreversible con graves consecuencias
El río Salmon, antes una fuente de agua potable, ahora supera los límites de toxicidad establecidos por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA). La alta concentración de hierro enturbia el agua, bloquea la luz y asfixia a las larvas de insectos, base de la dieta de peces como el salmón. Además, metales como el cadmio se acumulan en los órganos de los peces, afectando a depredadores como osos y aves, y poniendo en riesgo las cadenas alimentarias.
Las comunidades indígenas, que dependen del salmón chum para su subsistencia y cultura, enfrentan una amenaza indirecta. La sedimentación en los lechos de grava, donde esta especie desova, podría dificultar su reproducción. Otras especies, como el tímalo y el Dolly Varden, también sufren por la alteración de su hábitat.
David Cooper, coautor del estudio y científico de la Universidad Estatal de Colorado, describe los cambios en el terreno y la química del agua como “realmente asombrosos”. Por su parte, Paddy Sullivan, ecólogo de la Universidad de Alaska, fue quien notó el deterioro del río Salmon durante una campaña de campo en 2019, lo que llevó a un esfuerzo conjunto con Lyons y otros expertos para investigar el fenómeno.
Un problema que se extiende por el Ártico
El estudio advierte que este proceso no se limita al río Salmon. “Dondequiera que exista el tipo adecuado de roca y permafrost descongelado, este proceso puede desarrollarse”, señala Lyons. La falta de infraestructura en las remotas cuencas hidrográficas del Ártico complica cualquier intento de control, y la naturaleza irreversible del problema —impulsada por el calentamiento global— lo hace aún más alarmante. “Una vez que esto empieza, no hay solución”, sentencia Lyons.
Financiado por la Fundación Nacional de Ciencias, este trabajo busca alertar sobre los riesgos para otras regiones árticas y preparar a las comunidades para los impactos futuros. La transformación de los ríos árticos es un recordatorio contundente de que incluso los lugares más remotos del planeta no están exentos de las consecuencias del cambio climático.