La producción mundial de plásticos se ha multiplicado por 200 desde 1950, generando una crisis ambiental y sanitaria de proporciones alarmantes, según un reciente estudio publicado por The Lancet.
Este informe estima que los daños a la salud humana, derivados de la contaminación por plásticos, alcanzan los 1,3 billones de euros, afectando a millones de personas de todas las edades. La exposición a productos químicos tóxicos, la contaminación del aire y del agua, y la presencia ubicua de microplásticos en el medio ambiente son algunos de los factores que agravan esta situación.
Un impacto ambiental devastador
Cada año, la industria del plástico, que depende en un 98% de combustibles fósiles, genera emisiones equivalentes a 2.000 millones de toneladas de CO2, superando las emisiones totales de Rusia. Además, más de 11 millones de toneladas de plásticos terminan en los océanos anualmente, donde menos del 10% es reciclado. La mayoría de estos plásticos son de un solo uso, utilizados principalmente en botellas y empaques de alimentos. Al ritmo actual, los expertos advierten que la producción de plásticos podría triplicarse para 2060, exacerbando aún más la contaminación, ya que este material puede tardar siglos en biodegradarse.
En Argentina, la situación no es menos alarmante. Según estimaciones, el país genera aproximadamente 94,000 toneladas de residuos plásticos al año, de las cuales solo un 15% se recicla, lo que equivale a cerca de 12 millones de botellas plásticas desechadas anualmente. En Buenos Aires, la capital, se producen más de 5,000 toneladas de basura diaria, de las cuales el 30% corresponde a envases plásticos postconsumo. Gran parte de estos residuos termina en rellenos sanitarios como el de José León Suárez, que recibe 11,300 toneladas de basura al día, o en el vertedero de Matanza, donde se han reportado "montañas ilegales" de basura de más de 20 metros de altura. Estos desechos no solo generan olores fétidos que afectan a las comunidades cercanas, sino que también contaminan el suelo y ríos locales, como el Matanza-Riachuelo, donde se vierten anualmente 90,000 toneladas de contaminantes. Además, una cantidad significativa de plásticos escapa a los sistemas de gestión y termina en ríos y océanos, contribuyendo a la contaminación marina.
Los microplásticos, partículas de menos de 5 milímetros, se han encontrado en todos los rincones del planeta: desde las profundidades oceánicas hasta las cumbres más altas, pasando por la sangre, la placenta, la leche materna, el semen y la médula ósea de los seres humanos. Según el epidemiólogo Philip Landrigan, profesor del Boston College y coautor del estudio de The Lancet, los microplásticos están asociados con malformaciones congénitas, cánceres infantiles y problemas de fertilidad. “Los impactos recaen desproporcionadamente sobre las poblaciones más vulnerables, especialmente los niños, y el coste para la sociedad es enorme”, afirmó Landrigan.
La cumbre de Ginebra: un momento crítico
Con este telón de fondo, delegaciones de 170 países se reúnen en Ginebra bajo los auspicios de la ONU para negociar un tratado global vinculante que aborde la "crisis de los plásticos". La conferencia, que se extenderá hasta el 14 de agosto, busca un consenso para establecer medidas efectivas contra la contaminación plástica. Sin embargo, las expectativas son cautas, ya que en cinco ocasiones anteriores las negociaciones terminaron sin acuerdo, principalmente debido a la resistencia de países productores de combustibles fósiles como Arabia Saudí, Rusia e Irán, que se oponen a fijar un límite a la producción de plásticos.
A esta oposición se suma la postura de China y la reciente declaración de la Administración Trump, que aboga por un “acuerdo de ambición más baja” que no incluya recortes en la producción. Además, la presencia de más de 200 lobistas de las industrias química y de combustibles fósiles, como se vio en la última cumbre en Busan, Corea del Sur, añade complejidad a las discusiones. Las tensiones entre países del norte y del sur, similares a las observadas en las cumbres climáticas (COP), también amenazan con complicar el proceso.
Avances y desafíos en el reciclaje en Argentina
En Argentina, el reciclaje de plásticos enfrenta grandes desafíos debido a la falta de infraestructura adecuada y la alta informalidad en el sector. A pesar de ello, se han registrado avances en algunas regiones. Por ejemplo, en Buenos Aires, la capacidad de reciclaje se duplicó entre 2016 y 2019, y para 2022, más del 50% de los residentes reportaron reciclar de manera habitual, frente al 35% en 2015. La ciudad ha implementado regulaciones sobre plásticos de un solo uso, reduciendo el uso de bolsas plásticas en 500 millones anuales y de pajitas en 2 millones mensuales. Además, iniciativas como el programa GIRO en Olavarría han logrado que casi el 50% de los residentes separen sus residuos, aumentando las tasas de reciclaje.
Empresas como Reciclar S.A. han marcado un hito en el reciclaje de PET, procesando hasta 600 millones de botellas plásticas al año y produciendo 18,000 toneladas de pellets plásticos, incluyendo materiales reciclados de grado alimenticio. Sin embargo, la mayoría de los plásticos en Argentina no se reciclan debido a la falta de sistemas de recolección diferenciada y la baja valorización de los materiales reciclados frente al plástico virgen. En muchos casos, los residuos plásticos terminan en vertederos, incinerados o, peor aún, arrojados a ríos y mares, agravando la contaminación ambiental.
En 2019, un decreto presidencial (Decreto 591) generó controversia al reclasificar ciertos residuos plásticos como "commodities" en lugar de desechos, lo que facilitaría la importación de plásticos de baja calidad desde países como Estados Unidos. Esta medida, que fue criticada por violar el Convenio de Basilea, despertó temores de que Argentina pudiera convertirse en un "vertedero global" para residuos plásticos difíciles de reciclar, lo que podría agravar aún más los problemas de contaminación y afectar a los 150,000 recicladores informales del país.
La ciencia alza la voz
Científicos de renombre, como Richard Thompson, biólogo de la Universidad de Plymouth y pionero en el estudio de los microplásticos, lideran una coalición que busca influir en las negociaciones. Thompson, quien acuñó el término “microplásticos”, destacó en una entrevista con The Guardian que estas partículas están presentes “desde los polos al ecuador” y afectan tanto a la vida marina como a la cadena alimentaria humana. “Los humanos estamos expuestos a los microplásticos desde el útero materno hasta el final de nuestras vidas. Necesitamos un tratado que aborde esta crisis de manera decisiva”, afirmó.
En Argentina, científicos locales han creado la alianza SEPIA (SciEnce for Plastic Impacts Argentina) para sistematizar la investigación sobre la contaminación por plásticos y coordinar metodologías. Estudios recientes han detectado microplásticos en ríos como el Paraná y La Plata, así como en arroyos de la Pampa, con concentraciones más altas en estos últimos. La falta de estandarización en los métodos de análisis dificulta las comparaciones, pero la evidencia subraya la urgencia de actuar.
Organizaciones ecologistas exigen acción
Las organizaciones ambientales, como Greenpeace, advierten que un tratado que no limite la producción de plásticos será insuficiente. Graham Forbes, líder de la delegación de Greenpeace, fue contundente: “La producción incontrolada de plásticos es una sentencia de muerte. La única solución efectiva es reducir drásticamente la producción”. Los ecologistas también critican el énfasis de algunos países en la gestión de residuos y el reciclaje, argumentando que estas medidas no abordan la raíz del problema.
En Argentina, grupos como la Fundación para la Defensa del Ambiente (FUNAM) y la Coalición Ciudadana Anti-Incineración han denunciado el impacto de los plásticos en la salud y el medio ambiente, exigiendo políticas más estrictas y la derogación del Decreto 591. Estas organizaciones destacan la necesidad de promover una economía circular que fomente la reutilización y el reciclaje, pero también la reducción en la producción de plásticos de un solo uso.
Un tratado en la cuerda floja
A medida que las negociaciones avanzan, el clima político global, marcado por el escepticismo hacia el multilateralismo, genera incertidumbre sobre la posibilidad de alcanzar un acuerdo vinculante. Un texto que no incluya un tope a la producción podría ser visto como un fracaso por la comunidad científica y las organizaciones ambientales. Sin embargo, la presión de la sociedad civil, los avances en la investigación científica y los esfuerzos locales, como los de Buenos Aires y Olavarría, podrían inclinar la balanza hacia un compromiso más ambicioso.
La cumbre de Ginebra representa una oportunidad crítica para abordar una crisis que afecta al medio ambiente y a la salud humana en una escala sin precedentes, tanto a nivel global como en países como Argentina, donde la gestión de residuos plásticos sigue siendo un desafío urgente. El mundo espera que, esta vez, la “fumata negra” dé paso a un acuerdo histórico que marque el inicio de una solución global a la crisis de los plásticos.