El ruido de los barcos está matando en silencio a los narvales del Ártico

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Contaminación acústica submarina amenaza la supervivencia del narval, el cetáceo con colmillo sensorial que actúa como radar biológico. Barcos, sonares y prospecciones petroleras rompen el silencio ancestral del océano Ártico y provocan inmersiones extremas que pueden ser mortales.

Los narvales, conocidos como los unicornios del mar por su espectacular colmillo en espiral de más de dos metros, están desapareciendo de la superficie del Ártico. No es una migración natural: huyen del estruendo que el ser humano ha llevado hasta uno de los últimos lugares silenciosos del planeta.

“Los narvales están enmudeciendo ante el ruido de los barcos y cada vez son más difíciles de ver”, declaró al diario The Guardian el cazador inuit Alex Ootoowak, quien abandonó la caza tradicional para colaborar con la organización Oceans North. El motivo: el colmillo del narval (Monodon monoceros) no es un adorno, sino un órgano sensorial con millones de terminaciones nerviosas que funciona como un auténtico radar biológico. El ruido submarino les provoca un estrés insoportable.

Para escapar, estos cetáceos realizan inmersiones extremas que superan los 2.000 metros de profundidad, reduciendo su ritmo cardíaco a menos de cinco latidos por minuto (en superficie alcanzan los 60). Este esfuerzo fisiológico extremo puede resultar letal para una especie ya catalogada en peligro de extinción.

El Ártico, hasta hace poco un paraíso acústico, se ha convertido en una de las zonas más afectadas por la contaminación acústica submarina. El transporte marítimo genera el 95 % del ruido continuo a través de la cavitación de las hélices, mientras que cañones de aire comprimido (prospecciones sísmicas), sonares militares y martillos pilones de parques eólicos offshore provocan picos explosivos que dañan directamente a cetáceos y peces.

Carlos Bravo, responsable de políticas marinas de Ocean Care, lo resume así: “Es un problema muy grave pero con solución sencilla si existe voluntad política. Reducir la velocidad de los barcos solo un 10 % disminuye el ruido en un 40 %; un 20 % lo reduce hasta un 70 %. Además, ahorra combustible y emisiones de CO₂”.

A pesar de existir tecnología para hélices más silenciosas y eficientes, las directrices de la Organización Marítima Internacional (OMI) actualizadas en 2023 siguen siendo voluntarias. Las navieras temen perder competitividad si actúan en solitario.

La amenaza crecerá con la inminente minería submarina de Estados Unidos y la intensificación de la ruta de la seda polar por parte de Rusia y China, que multiplicará el tráfico de grandes buques en aguas árticas.

Sin embargo, hay esperanza. En la Conferencia de los Océanos de Naciones Unidas celebrada en Niza (junio 2025), 37 países –entre ellos España, Panamá y Canadá– lanzaron la Coalición para un Océano Silencioso, la primera iniciativa global de alto nivel contra la contaminación acústica marina. Este mes se incorporó Mónaco.

Organizaciones como WWF, Greenpeace, Oceana, Ocean Conservancy y Seas at Risk llevan años alertando: si no devolvemos el silencio al mar, especies emblemáticas como el narval, la beluga o la ballena franca del Atlántico Norte podrían desaparecer para siempre.

El unicornio marino ya no puede esperar más.

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