Anguilas al borde de la extinción por los millones en comercio salvaje

Diversidad

En un golpe devastador que resuena como un trueno en los océanos, naciones del mundo han sepultado la esperanza de salvar a las anguilas, criaturas legendarias en peligro crítico, priorizando fortunas ilícitas sobre la supervivencia planetaria – un drama donde miles de millones fluyen en sombras mientras especies se desvanecen en silencio.

La Conferencia Mundial sobre Vida Silvestre en Samarcanda, Uzbekistán, ha sido escenario de una traición épica: con un aplastante 100 votos en contra frente a solo 35 a favor y 8 abstenciones, los países han rechazado regular el comercio de anguilas, permitiendo que el mercado global, valorado en 4.45 mil millones de dólares en 2023 y proyectado a escalar hasta 6.17 mil millones para 2033, siga devorando sin freno a estas especies vulnerables.

Comercio desenfrenado

El comercio internacional de anguilas alcanzó 840 millones de dólares en 2023, un leve descenso del 3.17% respecto a los 868 millones de 2022, pero suficiente para sostener un imperio subterráneo. Las anguilas japonesas y americanas, catalogadas como en peligro de extinción, junto a sus parientes vulnerables, se comercian sin barreras, generando un flujo anual que roza los 2 mil millones de dólares en acuicultura de anguilas de río. En Maine, solo la cuota anual de anguilas de vidrio asciende a 9,688 libras, valoradas en 20 millones de dólares, mientras el precio legal por kilo ronda los 2,200 dólares – pero en el submundo ilegal, se dispara hasta 35,000 dólares por kilo, alimentando un tráfico que mueve hasta 100 toneladas al año desde Europa, inyectando 2.5 a 3 mil millones de euros en picos.

Las estadísticas claman horror: las anguilas europeas han sufrido un declive del 95% desde los 1980s, reducidas al 10% de sus niveles de los 1960-70s. En el Reino Unido, el colapso es idéntico, con un 95% de pérdida, mientras en lagunas españolas como el Delta del Ebro, las poblaciones han caído un 90% en lagunas y 80% en ríos. Globalmente, más del 99% de las anguilas consumidas pertenecen a especies amenazadas –americana, japonesa y europea–, con tasas de declive que superan el **80% en muchas regiones templadas, empujadas por sobrepesca, presas que bloquean migraciones y un cambio climático que devasta hábitats.

Medidas insuficientes

La propuesta de la Unión Europea y Panamá, que buscaba incluir todas las 17 especies de anguilas en el Apéndice II de CITES –permitiendo comercio solo si no amenaza supervivencia–, fue desechada pese a su demora de 18 meses para entrar en vigor. Expertos rugen que era tibia: al menos cuatro especies –europea, americana, japonesa y la de aleta larga de Nueva Zelanda– merecen el Apéndice I, prohibiendo su comercio salvo excepciones. "Cada anguila devorada proviene de la naturaleza virgen, incapaz de criarse en cautiverio", se lamenta, mientras el 99% de consumo global recae en especies al filo de la desaparición.

Rechazar regulaciones no solo condena especies, sino que infla un monstruo económico: el tráfico ilegal de anguilas ha caído un 50% desde 2016 gracias a operaciones puntuales, pero aún genera hasta 3 mil millones de euros anuales, rivalizando con el narcotráfico en valor. Países como Japón, China y Estados Unidos, opositores feroces, arguyen falta de datos científicos y temen impactos en medios de subsistencia, donde la industria pesquera sostiene miles de empleos y cargas administrativas que podrían costar fortunas. Sin embargo, el ban temporal en 2010 mostró que volúmenes y valores comerciales se estabilizaron, probando que la supervivencia no arruina economías –al contrario, perpetúa un ciclo vicioso de explotación.

Amenazas multiplicadas

Estas serpientes acuáticas, migradoras sensuales que serpentean por hábitats vastos, enfrentan un asedio multifacético: sobrepesca masiva, barreras de presas que fragmentan ríos, parásitos invasores, contaminación que envenena aguas y un cambio climático que altera corrientes oceánicas. Con distribuciones que abarcan múltiples naciones, cada una con leyes laxas, la protección se torna un laberinto. Intervenir el comercio legal, cesando explotación de las más amenazadas, no solo frenaría el ilegal sino que enviaría un mensaje electrizante a consumidores ávidos de angulas juveniles, fomentando reformas regionales que salven este tesoro milenario.

En un mundo donde el 99% de anguilas consumidas penden de un hilo, la decisión de Samarcanda –apoyada por potencias como China, Japón y EE.UU., contra aliados como Reino Unido e Israel– expone una codicia que devora el planeta. Mientras el mercado crece un compuesto anual del 3-4%, las poblaciones se hunden, urgiendo un giro radical antes de que estas criaturas, evolucionadas durante 70 millones de años, se desvanezcan en el olvido.

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