Se desvanece la lucha para salvar a los últimos orangutanes del mundo

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Imagínese a una cría de orangután acurrucada en una hamaca improvisada de hojas, rodeada de ramas y troncos que simulan la espesa jungla. Esta tierna escena no se desarrolla en las profundidades de un bosque virgen, sino en un centro de conservación en la parte indonesia de Borneo, donde la Fundación para la Supervivencia del Orangután de Borneo (BOSF) libra una batalla diaria contra la extinción.

Considerada la mayor organización dedicada al rescate de esta especie en peligro crítico, la BOSF representa un faro de esperanza en medio de una crisis que ha reducido la población mundial de orangutanes a menos de 120.000 individuos, lo que equivale a solo el 52% de los más de 230.000 que existían hace un siglo. En Borneo, donde habita cerca del 90% de estos primates –alrededor de 104.700–, la situación es aún más alarmante, con proyecciones que advierten la desaparición de más de una cuarta parte para 2032 si no se actúa con urgencia.

En la "escuela de la jungla" de la BOSF, fundada en 1991, los jóvenes orangutanes aprenden habilidades esenciales como trepar árboles y buscar alimento, preparándose para una posible reinserción en la naturaleza. Los más avanzados viven en islas artificiales rodeadas de agua, mientras que otros permanecen en jaulas elevadas bajo la vigilancia de veterinarios y cuidadores. Hasta la fecha, la fundación ha liberado a 533 ejemplares, pero mantiene a 359 residentes permanentes que no pueden regresar al bosque debido a enfermedades, discapacidades o domesticación. Entre ellos destaca Kopral, un macho que perdió ambos brazos por electrocución y que, según la BOSF, no sobreviviría en libertad.

El contexto es devastador. Borneo, descrita en 1984 por el escritor Redmond O’Hanlon en *Into the Heart of Borneo* como una isla cubierta en tres cuartas partes por selva tropical, ha perdido la mitad de esa cobertura. El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) resalta que la isla concentra el 6% de la biodiversidad global, con récords como el Parque Nacional Lambir Hills en Malasia, que alberga más de mil especies de árboles en solo 51 hectáreas. Sin embargo, la deforestación impulsada por plantaciones de palma aceitera, minería y expansión urbana ha diezmado la población de orangutanes: de 300.000 en 1999 a 150.000 en 2015, y a unos 100.000 en la última década, según estudios citados por Smithsonian Magazine.

Las causas de esta drástica desaparición son múltiples y entrelazadas. La principal es la pérdida de hábitat por deforestación ilegal y legal para cultivos de palma aceitera –usada en productos cotidianos como cosméticos y alimentos procesados–, que fragmenta los bosques y deja a los orangutanes sin refugio ni comida. A esto se suman la caza ilegal para el comercio de mascotas, donde miles de crías son capturadas anualmente tras matar a sus madres; conflictos con humanos en plantaciones, que llevan a matanzas por "plagas"; y incendios forestales exacerbados por el cambio climático. El tráfico de mascotas y la caza para bushmeat agravan el problema, con estimaciones de que 200-500 orangutanes borneanos entran al mercado ilegal cada año.

El desafío se intensifica con proyectos como el traslado de la capital indonesia de Yakarta a Nusantara, una ciudad planificada a solo 64 kilómetros de un centro de la BOSF. La construcción, iniciada en 2022 y prevista hasta 2045, albergará a 1,9 millones de personas. Aunque el gobierno promete un diseño "verde" con energías renovables, expertos como el ecólogo Andrew Marshall de la Universidad de Michigan advierten: "Sería extraordinario que un desarrollo de esta escala no afectara negativamente a las especies amenazadas; este tipo de proyectos siempre lo hacen".

Frente a esto, la BOSF no solo rehabilita: restaura hábitats. Desde principios de los 2000, ha reforestado casi 5.000 acres con 740 especies nativas, involucrando a comunidades locales que cultivan frutas a cambio de proteger los árboles. Murciélagos y aves han ayudado a expandir la vegetación, y ahora el santuario compra más de dos toneladas diarias de frutas a agricultores para alimentar a los orangutanes. Los costos son altos –500 dólares mensuales por animal, según el conservacionista Jamartin Sihite–, financiados en parte por adopciones simbólicas desde 10 dólares, dirigidas a donantes extranjeros para evitar tensiones con locales que ganan en promedio 350 dólares al mes.

La rehabilitación es un proceso meticuloso que dura años. Técnicos enseñan a trepar y construir nidos mediante imitaciones, y los orangutanes –que se vinculan más con cuidadoras mujeres debido a traumas con voces masculinas graves– pasan a islas semisalvajes para probar su independencia. Sin abrazos ni nombres, los cuidadores minimizan el contacto. Los exitosos reciben chips de monitoreo y son liberados en zonas remotas, seguidos por radiofrecuencia durante un año.

Pero la biología de los orangutanes complica la recuperación: hembras dan a luz solo cada siete años, tras independizarse el crío anterior, y su genoma ha cambiado poco en 15 millones de años, reflejando una adaptación lenta. Para acelerar la reproducción –un reto dada su tasa naturalmente baja–, expertos sugieren estrategias como proteger hábitats intactos para reducir estrés y mortalidad, lo que permite más apareamientos naturales; programas de cría en cautiverio con entornos enriquecidos que promuevan comportamientos reproductivos; y aumentar plantas alimenticias en áreas protegidas para mejorar la salud y fertilidad. Además, fomentar la elección femenina en apareamientos y reducir el aislamiento de poblaciones fragmentadas podría elevar las tasas de éxito reproductivo, aunque la clave radica en frenar la deforestación para dar tiempo a la especie.

Estos primates, que comparten el 97% de nuestro ADN, usan plantas medicinales, fabrican herramientas y sufren depresión posparto, son vitales para la biodiversidad: dispersan semillas y mantienen el equilibrio forestal. En un Borneo asediado por el progreso humano, la BOSF encarna el esfuerzo por preservar un legado ancestral. Sin acción global –como boicots al aceite de palma no sostenible y apoyo a reservas–, los orangutanes podrían desaparecer, dejando solo ecos en hamacas de hojas.