Veneno en las venas y terror genético: las marcas tóxicas bajo la lupa judicial en Pergamino

Sustentabilidad

El juicio histórico por fumigaciones con agrotóxicos en Pergamino arranca en Rosario: glifosato detectado 120 veces por encima del límite en niños, daños genéticos irreversibles en el ADN, malformaciones congénitas y cánceres que azotan familias. Sabrina Ortiz lidera la batalla contra productores y funcionarios por justicia ambiental y el derecho a vivir sin veneno químico.

En las sombras del agronegocio argentino, el glifosato no solo arrasa con las malezas: penetra en la sangre, ataca el núcleo celular y desgarra el código genético con una crueldad silenciosa que deja cicatrices irreversibles en niños, madres y comunidades enteras. Estudios científicos de universidades nacionales y peritajes judiciales revelan un horror molecular: este herbicida, rey indiscutido desde la explosión de la soja transgénica, induce daños cromosómicos, micronúcleos y rupturas en el ADN que multiplican riesgos de cáncer, malformaciones y enfermedades crónicas, convirtiendo campos prósperos en campos minados de mutaciones hereditarias.

Ataque al núcleo celular

El glifosato, clasificado por la IARC-OMS como probablemente cancerígeno para humanos (Grupo 2A), genera fuerte evidencia de genotoxicidad tanto en su forma pura como en formulaciones comerciales. Mecanismos clave incluyen daño directo al ADN, estrés oxidativo y formación de micronúcleos –pequeños fragmentos cromosómicos expulsados durante la mitosis–, indicadores claros de inestabilidad genómica. Ensayos como el Cometa (que mide rupturas en hebras de ADN) y el test de micronúcleos en eritrocitos muestran aumentos significativos en leucocitos humanos expuestos in vitro e in vivo. En concentraciones realistas, provoca fragmentación del ADN, correlacionada con peroxidación lipídica y especies reactivas de oxígeno que oxidan bases nitrogenadas, generando mutaciones puntuales y aberraciones cromosómicas. Investigaciones en células humanas normales y tumorales confirman citotoxicidad y genotoxicidad dosis-dependiente, con mayor potencia en formulaciones que incluyen surfactantes que potencian la penetración celular.

En Pergamino, la familia de Sabrina Ortiz encarna el drama: su hijo Ciro con niveles de glifosato 120 veces superiores al tolerable en orina, y toda la familia con daño genético confirmado por peritajes –daños cromosómicos que explican ACV, abortos espontáneos y enfermedades respiratorias crónicas. Estudios del Grupo Genética y Mutagénesis Ambiental (GEMA) de la Universidad Nacional de Río Cuarto detectaron daño genético en niños expuestos, con aberraciones cromosómicas y micronúcleos elevados en zonas fumigadas. En Córdoba, peritajes en pueblos como Ituzaingó y otros revelan glifosato y AMPA en orina de niños, correlacionados con daño en el ADN medido por ensayo Cometa: rupturas que rompen la integridad genética, elevando incidencias de malformaciones congénitas, cáncer linfático y defectos embrionarios. Un relevamiento en zonas agrícolas mostró daño genético en el 52% de niños expuestos versus controles, con micronúcleos y aberraciones que multiplican riesgos oncológicos. En Piamonte (Santa Fe), la Corte Suprema confirmó daño genético en una niña de 9 años por exposición crónica, con alteraciones cromosómicas vinculadas a glifosato y otros agroquímicos, estableciendo precedentes judiciales.

Evidencia científica implacable

Estudios en Argentina y Latinoamérica acumulan pruebas: relevamientos en niños de zonas fumigadas demuestran daño genético asociado a plaguicidas, con glifosato como principal sospechoso. Investigaciones en leucocitos periféricos humanos expuestos a formulaciones comerciales (como Roundup) arrojan aumentos estadísticamente significativos en momento de la cola del ensayo Cometa, indicando fragmentación del ADN. En modelos animales y celulares, induce micronúcleos en eritrocitos y rupturas de doble hebra, con AMPA –su metabolito– también genotóxico. Revisiones sistemáticas recientes confirman fuerte evidencia para genotoxicidad en humanos y células humanas, más potente en formulaciones que en glifosato puro. Estos mecanismos biológicos plausibles explican el alza en cánceres hematológicos, enfermedades neurológicas y defectos de nacimiento en regiones agrícolas, donde el veneno se filtra en agua, aire y alimentos, dejando un legado mutagénico que trasciende generaciones.

Este no es un debate académico: es una herida abierta en el tejido social argentino, donde el oro verde se paga con cromosomas rotos y futuros robados. La ciencia grita lo que los cuerpos ya sufren: el glifosato no discrimina, ataca el ADN con ferocidad y exige un cambio radical antes de que el daño sea irreversible.

 

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