Un proyecto liderado por la Universidad Nacional de la Patagonia y CONICET mide el impacto de la pesca de arrastre en los fondos marinos, un paso clave para una gestión pesquera sostenible en un contexto de alta productividad y graves impactos ambientales.
La pesca de arrastre de fondo, una técnica ampliamente utilizada pero controvertida, está en el centro del debate en Argentina. El reciente proyecto “Impacto ecológico de la pesca de arrastre de fondo: estimación de la huella de arrastre de las flotas que operan en la plataforma argentina” marca un hito en la política pesquera nacional. Liderado por la Facultad de Ciencias Naturales y Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB), en colaboración con el CESIMAR CCT CENPAT CONICET y la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura de la Nación, este esfuerzo busca aportar evidencia científica para gestionar una práctica clave pero problemática.
La pesca de arrastre: un motor económico con un costo ambiental
A nivel global, la pesca de arrastre de fondo representa entre el 25% y el 26% de las capturas marinas, equivalente a unos 30 millones de toneladas al año, un pilar clave para la seguridad alimentaria y la economía mundial. En Argentina, esta técnica es predominante: en 2023, el país capturó 780.000 toneladas de especies marinas, de las cuales el 54% fueron peces (principalmente merluza hubbsi, con 296.400 toneladas) y el 26% crustáceos, destacando el langostino patagónico (202.800 toneladas). Aproximadamente el 64% de estas capturas se obtienen mediante arrastre de fondo, consolidándola como un motor económico esencial.
Sin embargo, los costos ambientales son significativos. Esta práctica destruye hábitats bentónicos, como corales de aguas profundas y praderas marinas, reduciendo la biodiversidad. Genera capturas incidentales de especies no objetivo, incluyendo mamíferos marinos y aves, y contribuye al cambio climático al liberar hasta 30 millones de toneladas de CO2 anuales de los sedimentos marinos, un impacto comparable al de industrias altamente contaminantes. Además, la resuspensión de sedimentos provoca turbidez, afectando la fotosíntesis marina, mientras que el ruido de los buques altera el entorno acústico de los océanos. En la plataforma patagónica, un hotspot de biodiversidad, estos efectos son particularmente preocupantes.
Ciencia para una gestión basada en evidencia
“Lo que no se mide no se puede gestionar”, afirma Ricardo Amoroso, investigador principal junto a Ana Parma, ambos expertos internacionales en pesquerías. Su objetivo es claro: cuantificar la huella de arrastre, es decir, la superficie del fondo marino afectada por las redes, su frecuencia e intensidad. “Queremos aportar datos concretos a un debate marcado por la controversia”, señala Parma.
El proyecto, respaldado por el Consejo Federal Pesquero (CFP), utiliza datos satelitales (VMS) de 2005 a 2024 proporcionados por la Subsecretaría de Pesca. Este análisis de casi dos décadas permitirá identificar las zonas más impactadas y evaluar sus efectos en ecosistemas sensibles. “Estamos aprendiendo a usar algoritmos y datos satelitales para calcular la huella de arrastre, pasando de percepciones a hechos”, explica María Eva Góngora, del equipo técnico.
Un modelo con raíces globales
El proyecto se basa en un estudio de 2018 publicado en PNAS, liderado por Amoroso y Parma, que analizó la huella de arrastre en 24 países. Ese trabajo reveló que solo el 14% de la plataforma continental mundial fue afectada, con variaciones regionales: menos del 10% en Australia y Chile, pero más del 50% en mares europeos. En Argentina, se estimó que el 18% del área hasta 1000 metros de profundidad fue arrastrada entre 2008 y 2010, especialmente en zonas de langostino y merluza. Ahora, este proyecto adapta esos métodos para generar datos actualizados y específicos.
“No buscamos demonizar ni justificar la pesca de arrastre, sino entender su impacto real para tomar decisiones informadas”, subraya Amoroso.
Capacitación y diálogo para un cambio cultural
Más allá de generar indicadores, el proyecto fomenta la formación de capacidades locales. Técnicos de la Subsecretaría, investigadores y representantes del sector pesquero aprenderán a usar algoritmos para calcular la huella de arrastre. “Queremos que esta herramienta sea un recurso compartido para la gestión”, destaca Parma.
El proyecto incluye instancias de difusión: en noviembre de 2025, un taller presentará resultados preliminares a cámaras empresarias, el CFP y autoridades. En marzo de 2026, un encuentro con el INIDEP reunirá a instituciones como el CIMA y ONGs, ampliando el diálogo a la sociedad civil.
Hacia una pesca sostenible
Medir la huella de arrastre es “aprender a leer el fondo del mar”, dicen los investigadores. Cada marca en el sedimento refleja la interacción entre la pesca y los ecosistemas. Este proyecto busca interpretar esas marcas para diseñar estrategias que equilibren la productividad con la conservación.
En el marco de la economía azul, que promueve un uso sostenible de los recursos marinos, Argentina se posiciona como un actor clave al generar datos propios. “Nuestra evidencia sobre la huella de arrastre será una carta de presentación en foros internacionales”, afirma Góngora. Más que un informe técnico, el proyecto aspira a impulsar una nueva cultura en la gestión pesquera, donde la ciencia sea el fundamento para proteger el mar y su riqueza.