Crisis hídrica, cambio climático y sobrepesca llevan al borde de la extinción al pez más importante del río. Santa Fe frena el acopio para exportación desde el 3 de diciembre tras fallo judicial y presión científica. Ambientalistas celebran el “punto de inflexión” pero advierten: sin gestión por cuenca el daño será irreversible.
La sequía histórica que azota la cuenca del Paraná desde mediados de 2019, combinada con décadas de sobreexplotación pesquera y los efectos del cambio climático, empujaron al sábalo –la especie íctica más comercializada del río– a su peor momento en un siglo. Solo 6 de cada 100 ejemplares capturados están en condiciones de reproducirse, según el último relevamiento del proyecto Ebipes de julio de 2025.
Ante este panorama crítico, el Ministerio de Ambiente y Cambio Climático de Santa Fe resolvió suspender por un año el acopio de pescado de río destinado a exportación a partir del 3 de diciembre. La medida responde a un fallo judicial de 2024 que obligó a la provincia a presentar un plan estratégico de manejo sustentable del recurso ictícola y a la acumulación de evidencia científica que demuestra el agotamiento de la población.
El sábalo es un pez de aletas radiadas de la familia Prochilodontidae. Conocido también como sábalo jetón o sábalo rayado por su boca prominente, puede alcanzar hasta 80 cm de longitud y 9 kg de peso, aunque los ejemplares comunes miden alrededor de 45 cm. Su hábitat principal abarca los ríos Paraná, Uruguay, Paraguay y el Río de la Plata, distribuyéndose en Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia, donde forma parte de ecosistemas fluviales de gran biodiversidad. Es un pez iliófago, que se alimenta de biofilm bentónico floculento –compuesto por algas, bacterias y materia orgánica no viva del fondo del río–, cumpliendo un rol esencial como "limpiador" del lecho fluvial y transformador de nutrientes en biomasa accesible.
Ecologicamente, el sábalo es la especie clave del Paraná, representando más del 50% de la biomasa íctica y formando la base de la cadena alimentaria. Sirve de alimento principal para predadores como el surubí (Pseudoplatystoma spp.) y el dorado (Salminus brasiliensis), transfiriendo energía desde los niveles tróficos inferiores a los superiores y sosteniendo la salud de humedales y llanuras de inundación. Su abundancia histórica, con biomasas de hasta 1.000 kg/ha en ambientes leníticos, lo convierte en un pilar de la productividad del ecosistema, pero su vulnerabilidad a alteraciones hidrológicas –como represas y sequías– lo expone a riesgos graves.
Económicamente, el sábalo sustenta el 90% de la producción pesquera continental argentina, con exportaciones anuales de 15.000 a 20.000 toneladas desde Santa Fe y Entre Ríos, dirigidas a Sudamérica y África. Genera miles de empleos en pesca artesanal, industrial y procesamiento, pero la sobreexplotación desde los años 90 –cuando las capturas subieron de 13.000 a 21.000 toneladas– redujo las tallas promedio de 48 a 42 cm, amenazando su sostenibilidad. Expertos estiman que 20.000 toneladas anuales es el límite sostenible, y regulaciones pasadas, como la prohibición temporal de exportaciones en 2007, han sido insuficientes sin coordinación regional.
“Las condiciones hidrológicas necesarias para una buena reproducción del sábalo no se dan desde la temporada 2016/2017”, alertó la agrupación El Paraná No Se Toca (Epnst), basándose en investigaciones del Instituto Nacional de Limnología (Inali-Conicet) lideradas por la bióloga Ana Pía Rabuffetti. Los científicos advierten que las crecidas de verano deben superar los 5,4 metros durante más de 45 días y mantenerse por encima de los 2,2 metros en años posteriores, algo que no ocurre hace casi una década.
El trabajo publicado en la revista Ecohydrology es contundente: “Un cupo de pesca fijo es inadecuado”. Entre 1994 y 2022 las capturas promedio saltaron de 13.000 a 21.000 toneladas anuales, mientras la población colapsaba por la ausencia de nuevos reclutamientos y la presión constante de la pesca industrial orientada a la exportación.
Vanesa Paccotti, bióloga de Epnst, remarcó: “El sábalo no es solo economía, es un eslabón clave del ecosistema. Sin él, todo el sistema del Paraná se desequilibra”. La especialista aclaró que las organizaciones ambientalistas no están contra la pesca artesanal ni contra los trabajadores del sector: “Sin peces no hay pesca. Sin río sano no hay futuro para nadie”.
El ministro Enrique Estévez celebró la suspensión como “un punto de inflexión” y destacó que la decisión no afecta la comercialización interna ni el pescado de criadero. Sin embargo, científicos y ambientalistas coinciden en que la medida es solo un primer paso: urge un plan de manejo binacional por cuenca que contemple los pulsos hidrológicos alterados por represas, deforestación y cambio climático, preservando las rutas migratorias esenciales para su supervivencia.
El Paraná, segundo río más largo de Sudamérica, vive su bajante más prolongada en décadas. Estudios del Inali señalan que las sequías extremas ya transformaron la composición de las comunidades de peces y redujeron drásticamente la conectividad de humedales, afectando la migración y reproducción de especies emblemáticas como el sábalo.
Si no se reduce de forma urgente la presión extractiva, el colapso del sábalo arrastrará consigo no solo miles de puestos de trabajo, sino la salud misma del mayor humedal de agua dulce del país, alterando un ecosistema que sostiene la biodiversidad regional y la seguridad alimentaria de comunidades ribereñas.
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