El Río Reconquista, ese extenso curso de agua que serpentea a través de 18 municipios bonaerenses y drena una cuenca de 1.670 kilómetros cuadrados, está en peligro inminente. Este río de 55 kilómetros de longitud, que nace en Del Viso (partido de Escobar) y desemboca en el Río Luján cerca de Ingeniero Rómulo, se encuentra al borde de un "coma profundo" del que será casi imposible recuperarlo, según alertan expertos y organizaciones no gubernamentales. Históricamente conocido por su rol en la irrigación agrícola desde el siglo XVI –y nombrado en honor a la campaña de Reconquista española–, hoy es el segundo río más contaminado de Argentina, solo superado por el Riachuelo, y aporta toxinas al ecosistema del Río de la Plata.
La falta de planificación histórica en obras hidráulicas, combinada con un crecimiento poblacional desordenado, ha exacerbado la crisis. La cuenca alberga a más de 4,2 millones de habitantes –el 40% de la población del Gran Buenos Aires– y cerca de 12.000 industrias, principalmente de fibras sintéticas, alimenticias y cárnicas, que vierten residuos sin control. Estudios previos confirman la gravedad: un informe de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN) de 2007 detalló la contaminación por efluentes cloacales, industriales y agrícolas, afectando acuíferos subterráneos utilizados por el 70% de la población regional. Investigaciones limnológicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en los años 90 revelaron altos niveles de microalgas persistentes pese a la contaminación orgánica e industrial. Más recientemente, un estudio de 2016 de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) analizó sedimentos contaminados con metales pesados como plomo y mercurio, mientras que el Comité Interjurisdiccional de la Cuenca del Río Reconquista (COMIREC) monitorea anualmente la calidad del agua a través del Programa PROMECARH, detectando en 2024 concentraciones de contaminantes cercanas a las del Riachuelo, incluyendo plaguicidas, fármacos y desechos cloacales. Otro trabajo de la UBA en 1999 midió metales pesados en suelos ribereños, confirmando riesgos para la cadena alimentaria.
En los últimos tres años, el caos se ha intensificado: los asentamientos informales aumentaron un 53%, pasando de 285 (con 94.127 familias) a 437 (128.098 familias), según registros de las ONGs Techo y ProyectAR. Esto ha disparado proporcionalmente la contaminación, con niveles que rivalizan con el Riachuelo, y la acumulación de toneladas de basura –equivalentes a casi un estadio de River Plate lleno cada dos días– Las consecuencias son devastadoras: un alza en enfermedades relacionadas con el agua, como hepatitis, gastroenteritis, diarreas y parasitosis; problemas respiratorios aéreos, asma, EPOC y obstructivas crónicas; y afecciones raras por metales pesados. Además, la inseguridad en la zona ha crecido, con testimonios de violencia y falta de servicios básicos. Datos oficiales son escasos –el gobierno bonaerense no publica cifras actualizadas–, y todo opera en el terreno de la informalidad, como confirman vecinos consultados.
"Cuando llueve, el arroyo que corre por detrás de mi casa se desborda y no puedo salir a la calle; los chicos tampoco asisten a la escuela", relata un residente de un barrio vulnerable en el partido de Moreno. Otro vecino describe un panorama dantesco: "Es factible toparse con ratas de gran tamaño, arañas y hasta lagartos gigantes a cualquier hora". La recolección de residuos es un lujo: "Los camiones no pasan seguido, y los restos quedan dentro de la casa, atrayendo moscas y bichos en las habitaciones", se queja una madre de familia.
Ante esta emergencia, se han implementado medidas, aunque insuficientes. El Programa de Saneamiento Ambiental de la Cuenca del Río Reconquista, respaldado por el PNUD desde 2008, busca herramientas de gestión como índices de calidad del agua. En 2021, la Dirección de Hidráulica bonaerense inició limpiezas en tramos superior y medio, con destronque, desmonte y reperfilado del cauce. En 2014, la UNSAM probó tecnologías de remediación inspiradas en minería sustentable para extraer contaminantes de sedimentos. Recientemente, en julio de 2025, comenzaron tareas de remoción de residuos y vegetación exótica en el Arroyo Morón, afluente clave. Además, el COMIREC lanzó en 2022 el Índice de Vulnerabilidad Barrial, un sistema de información geográfica para mapear riesgos en asentamientos. Investigaciones judiciales, como la de 2022 contra tres curtiembres en Moreno por vertidos ilegales, buscan sancionar a polluters. Sin embargo, científicos y ONGs insisten: sin inversión masiva en cloacas, control industrial y reubicación de villas, el Reconquista podría colapsar irreversiblemente, afectando la biodiversidad –aún presente como corredor ecológico, según un informe UNSAM de 2023– y la salud de millones.
El Río Reconquista no es solo un cauce moribundo; es un grito de alerta para el Conurbano. ¿Cuánto más esperaremos para salvarlo?