Investigadores de la Universidad de Cornell (Nueva York) proponen una técnica simple y sostenible para capturar carbono: enterrar residuos de madera (ramas, restos de tala, muebles desechados) en bosques gestionados. El estudio publicado en la prestigiosísima revista Nature Geoscience consigna que el método es de bajo costo. Funciona especialmente bien en bosques gestionados y aserraderos, y puede reducir hasta 0,42 °C el calentamiento global. Es decir que podrían evitar emisiones por descomposición o quema de residuos, y capturar entre 770 hasta 937 gigatoneladas de dióxido de carbono (CO₂) en 76 años.
Los bosques gestionados, utilizados principalmente para la producción maderera, generan grandes cantidades de residuos leñosos. Ese material suele quemarse o dejarse descomponer, liberando carbono a la atmósfera. Sin embargo, si se entierran a una profundidad de al menos dos metros, estos residuos se preservan en el suelo durante siglos o milenios, evitando la emisión de CO₂. El suelo actúa como aislante natural, reduciendo la presencia de oxígeno y ralentizando drásticamente el proceso de descomposición. De este modo, el carbono permanece secuestrado de forma segura.
Enterrar residuos de madera no implica una “absorción directa” del CO₂ atmosférico, como lo haría una planta en crecimiento o una tecnología de captura directa. Lo que hace este método es evitar que el carbono ya fijado en la madera vuelva a la atmósfera. Cuando los árboles crecen, absorben CO₂ del aire a través de la fotosíntesis. Ese carbono queda almacenado en sus tejidos. Al talar un árbol y dejar que sus restos se descompongan o se quemen, ese CO₂ vuelve al aire. Por eso enterrar esos residuos, interrumpe ese ciclo natural de retorno, evitando emisiones futuras. Es una forma de “captura pasiva”, no activa.
En un ejemplo concreto, si Estados Unidos enterrase el 66% de los residuos leñosos de sus bosques gestionados, alcanzaría la neutralidad de carbono para 2050.
Uno de los cuestionamientos más frecuentes a esta propuesta es su viabilidad práctica y energética. Enterrar residuos de leña a dos metros de profundidad; no es algo que se pueda hacer con herramientas manuales. Requiere maquinaria pesada, consumo de combustibles fósiles, horas de operario y logística especializada. No se trata de una solución sin costos. Pero el enfoque del estudio parte del principio de eficiencia neta de carbono, es decir, se evalúa si la cantidad de CO₂ capturada, es mayor que las emisiones generadas por el proceso. Los investigadores estiman que incluso considerando los recursos necesarios para transporte y excavación, la relación costo-beneficio sigue siendo positiva en contextos bien gestionados, sobre todo cuando se utilizan infraestructuras forestales ya existentes, la excavación se hace de forma concentrada y planificada (por ejemplo, durante campañas anuales) y cuando se entierra gran volumen de residuos en un solo lugar, optimizando recursos. El proceso es mas próspero si se combina con energía renovable para alimentar las maquinarias.
Además, los investigadores no proponen aplicarlo en todo el planeta indiscriminadamente, sino en áreas con alta disponibilidad de residuos y condiciones logísticas favorables. La estrategia no implica talar más árboles. Al contrario, se basa en los residuos que ya se generan en los bosques gestionados (que no son lo mismo que la deforestación indiscriminada). Se trata de áreas donde se extrae madera de manera planificada, con rotación de cultivos forestales, reforestación y seguimiento ecológico. Estas actividades ya generan grandes cantidades de residuos leñosos: ramas, troncos defectuosos, cortezas y raíces que no se usan comercialmente. Normalmente, estos restos se queman o se dejan descomponer, liberando CO₂. Enterrarlos en cambio evita esas emisiones y no requiere cortar más árboles.
Claramente que el método no compite con la conservación de bosques nativos o primarios, donde no se realiza explotación. Se puede aplicar en terrenos ya intervenidos, como aserraderos, caminos forestales, o suelos degradados. La clave está en mejorar el manejo de lo que ya se corta, no en talar más. Y si se hace bien, puede ser parte de una estrategia forestal más sostenible y climáticamente responsable.