Nueva ley protege biodiversidad marina en océanos internacionales y revoluciona conservación en Latinoamérica

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En un avance histórico para la protección ambiental global, el Tratado de Alta Mar –también conocido como el acuerdo para la biodiversidad marina en aguas internacionales– ha entrado oficialmente en vigor, estableciendo un marco legal vinculante que cubre el 64% de los océanos del planeta. Esta normativa, negociada durante décadas y ratificada por 85 países, aborda la gobernanza fragmentada de las altas mares, promoviendo áreas marinas protegidas, equidad en el uso de recursos genéticos y evaluaciones de impacto ambiental. En Latinoamérica, regiones como las cordilleras submarinas de Nazca podrían beneficiarse directamente, salvaguardando especies únicas y ecosistemas vitales para el planeta. Descubre cómo esta ley contra la explotación descontrolada podría cambiar el futuro de la biodiversidad oceánica y la sostenibilidad marina.

Tras años de negociaciones intensas, el tratado alcanzó el umbral requerido de 60 ratificaciones en enero de 2026, convirtiéndose en una herramienta jurídica esencial para un territorio que hasta ahora era un "vacío legal": las aguas oceánicas más allá de las jurisdicciones nacionales, que representan dos tercios de la superficie terrestre. Según expertos, esta zona ha sido gestionada de forma ineficaz mediante acuerdos regionales dispersos, dejando vulnerables a millones de especies marinas –de las cuales solo conocemos entre el 5% y el 7%–. El World Resources Institute destaca que el acuerdo cierra brechas en la protección de la biodiversidad y asegura que países en desarrollo, muchos en Latinoamérica, participen en los beneficios de descubrimientos científicos en alta mar, como en medicina y biotecnología.

Uno de los pilares del tratado es la creación de áreas marinas protegidas en alta mar, extendiendo las salvaguardas más allá de las aguas territoriales. En Latinoamérica, donde cerca del 25% de las zonas jurisdiccionales ya cuentan con protección, esta medida abre oportunidades inéditas. Un ejemplo clave es la región de las cordilleras submarinas de Nazca, un corredor de 2.900 kilómetros entre la Isla de Pascua (Chile) y la Reserva Dorsal de Nazca (Perú). Esta área alberga un endemismo excepcional, con especies que no existen en ningún otro lugar del mundo, y sirve como ruta vital para la conectividad de grandes cetáceos.

Particularmente emblemáticas son las ballenas azules de esta zona, una población única que no sigue las migraciones tradicionales entre América Central y los polos, sino que se desplaza entre Galápagos y el sur de Chile. Estas ballenas poseen una vocalización exclusiva, sin paralelos en otras poblaciones globales, y tienen un profundo significado cultural para comunidades indígenas como los mapuches, quienes las ven como "transporte del espíritu" de los seres queridos en su paso a la vida espiritual. Activistas y científicos, como Yacqueline Montecinos de WWF Chile –país pionero en ratificar el tratado–, enfatizan la urgencia de conservar estos hábitats ante amenazas como la pesca ilegal, que captura entre 11 y 26 millones de toneladas de pescado al año a nivel mundial.

El acuerdo también promueve la equidad en el reparto de beneficios derivados del material genético marino, como bacterias y corales usados en industrias cosméticas y farmacéuticas. Además, exige estudios de impacto ambiental para actividades de riesgo y fomenta la transferencia de tecnología entre naciones, nivelando capacidades en regiones con déficits informativos. Aunque no aborda directamente la pesca ilegal o el transporte marítimo –reconociendo en cambio acuerdos previos–, el tratado construye sobre décadas de esfuerzos multilaterales, ofreciendo un orden jurídico que podría mitigar catástrofes ambientales.

Sin embargo, el camino no termina aquí. Ausencias notables en las ratificaciones, como las de Estados Unidos y Argentina, plantean desafíos, y ahora urge implementar acciones concretas para traducir el papel en protecciones reales. En un mundo donde el multilateralismo parece debilitado, este tratado representa una victoria colectiva, un "llamado a la Tierra" para preservar los océanos como tesoro compartido. Científicos y ambientalistas celebran este hito, pero advierten: el verdadero impacto dependerá de la voluntad global para actuar.