La contaminación por químicos eternos ha llegado a los rincones más remotos del planeta: un estudio científico detecta sustancias tóxicas PFAS en aves marinas subantárticas, exponiendo la crisis ambiental global y la necesidad urgente de regulaciones más estrictas.
Un equipo de la Universidad de Lancaster, junto al British Antarctic Survey y el Centre for Environment, Fisheries and Aquaculture Science (CEFAS), publicó en ACS Environmental Au un estudio que analiza muestras de hígado de aves recolectadas entre 2004 y 2014 en las Islas Malvinas y Georgia del Sur. Los resultados confirman la presencia de 22 compuestos per- y polifluoroalquilos (PFAS) en tres especies emblemáticas: el albatros de ceja negra el petrel buceador común y el petrel de mentón blanco El ácido perfluorooctano sulfónico (PFOS) domina los hallazgos, representando casi el 80% de los contaminantes detectados, seguido por los ácidos perfluoroalquil carboxílicos (PFCAs) con un 15%. Además, se identificaron sustitutos emergentes como HFPO-DA (GenX) y ADONA, así como PFAS de cadena corta, en concentraciones bajas pero significativas.
El albatros de ceja negra: un bioindicador en peligro
El albatros de ceja negra destaca como una de las especies más afectadas. Esta ave icónica de los mares australes, conocida por su envergadura de hasta 2,5 metros y su longevidad que puede superar los 70 años, es un verdadero bioindicador de la salud de los océanos. Como ave pelágica que recorre miles de kilómetros en busca de alimento, acumula contaminantes a lo largo de su ciclo vital.
El estudio reveló que los albatros de ceja negra presentaban concentraciones particularmente altas de PFOS y otros PFAS persistentes. Estos químicos, que no se degradan en el ambiente ni en los organismos vivos, se bioacumulan en tejidos grasos y órganos como el hígado, pudiendo alterar el sistema inmunológico, la reproducción y el desarrollo de los polluelos. Dado que esta especie ya enfrenta amenazas como la pesca incidental y el cambio climático, la presencia de químicos eternos agrava su vulnerabilidad.
“Las aves marinas como el albatros de ceja negra nos permiten entender cómo la contaminación llega a ecosistemas remotos y se acumula en las cadenas alimentarias”, señala el Dr. Andrew Sweetman, coautor del estudio. La investigadora Imogen Bailes añade que estos hallazgos subrayan la necesidad de monitoreo continuo y regulaciones globales más amplias que aborden toda la familia de PFAS, no solo compuestos individuales.
La contaminación por PFAS en estas aves remite a fuentes distantes: transporte a larga distancia vía corrientes oceánicas, precursores atmosféricos y actividades industriales en regiones como el subcontinente sudamericano. Este fenómeno pone en evidencia que ningún rincón del planeta es inmune a la huella humana.