En un contexto de cambio climático acelerado que azota con desastres extremos a la región, 2026 emerge como un año pivotal para la acción climática en América Latina y el Caribe, impulsado por elecciones presidenciales en Colombia y Brasil, la continuidad del legado de la COP30 en Brasil y eventos internacionales como la Primera Conferencia sobre Transición Justa. Expertos destacan que este período podría marcar un punto de inflexión hacia compromisos más ambiciosos en la salida de los combustibles fósiles, adaptación y gestión de riesgos, en medio de un panorama global fragmentado.
El cambio climático ya no es una amenaza distante en América Latina y el Caribe: moldea ciudades, políticas y vidas cotidianas. Según análisis recientes, la región enfrenta un incremento en la frecuencia y severidad de fenómenos meteorológicos extremos, como huracanes, sequías e inundaciones, exacerbados por posibles fases de El Niño. Países como Dominica, Honduras, Haití y Nicaragua figuran entre los más impactados en las últimas décadas, de acuerdo con el Índice de Riesgo Climático 2026, lo que pone a prueba los sistemas de respuesta y resalta la urgencia de acciones coordinadas.
Uno de los pilares de este año transformador es el legado de la COP30, celebrada en Brasil en 2025, que posicionó a la región en el centro del debate global. Aunque la COP31 se traslade a Türkiye, el impulso persiste mediante la troika de conferencias y prácticas colectivas como el mutirão, que podrían consolidarse como herramientas permanentes para la comunidad climática internacional. Brasil, en particular, podría liderar la continuidad de procesos a largo plazo, fomentando alianzas regionales e internacionales.
En abril, Colombia y los Países Bajos coorganizarán la Primera Conferencia Internacional sobre la Transición Justa fuera de los Combustibles Fósiles, un evento que abre puertas para influir en agendas globales y fortalecer lazos con naciones europeas y regiones vulnerables, como los pequeños Estados insulares del Pacífico. Esta iniciativa se alinea con la Declaración de Belém, presentada en la COP30 por 24 países latinoamericanos —incluyendo Chile, Colombia, México, Costa Rica, Jamaica y Panamá—, que aboga por una salida progresiva de los fósiles y ha atraído el interés de 59 naciones más.
Mayo trae otro hito: el Foro Urbano Mundial en Bakú, Azerbaiyán, nutrido por los resultados del Foro de Gobiernos Locales de la COP30 en Río de Janeiro. Con una alta urbanización en la región, América Latina destaca por sus experiencias innovadoras en ciudades, ofreciendo oportunidades para intercambios, aprendizaje conjunto y vinculación de la acción climática con mejoras en condiciones urbanas.
Las elecciones presidenciales en Colombia (mayo) y Brasil (octubre) serán decisivas, con repercusiones regionales en temas como la salida de combustibles fósiles, adaptación al cambio climático y gestión de desastres. Estos comicios podrían determinar prioridades políticas, impulsando o frenando avances en una transición sostenible.
A pesar de desafíos como la intensificación de desastres —evidenciada por el huracán Melissa en Jamaica a fines de 2025— y la fragmentación política internacional, donde la acción climática pierde peso en grandes economías, la región tiene oportunidades únicas. Jóvenes, pueblos indígenas y comunidades locales pueden liderar innovaciones, mientras que compromisos voluntarios y redes de ciudades fortalecen la coordinación. En un mundo incierto, América Latina y el Caribe podrían demostrar resiliencia y liderazgo, influyendo en negociaciones globales hacia una transición justa y equitativa.
Este 2026 no es solo un año más: es la chance para redefinir el futuro climático de la región, apostando por soluciones inclusivas que protejan a los más vulnerables y aceleren la descarbonización.
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