Villavicencio, la reserva privada que inventó el turismo regenerativo en Argentina, cumple 25 años

Sustentabilidad

En medio de la precordillera mendocina, la Reserva Natural Villavicencio celebra un cuarto de siglo como pionera en conservación privada y turismo regenerativo. Con 70 % de autosustento, cero incendios en 15 años, más de 240 especies de fauna –incluyendo cóndores y gatos andinos en recuperación– y un origen ligado a las aguas termales del siglo XVII, demuestra que cuidar la naturaleza puede ser rentable y replicable. Descubre su historia secreta y los animales que la habitan.

Hace exactamente 25 años, en un contexto de escasos recursos públicos, un grupo de visionarios decidió proteger más de 60.000 hectáreas de montaña mendocina bajo un modelo inédito en el país: una reserva natural de gestión 100 % privada que se sostiene con los ingresos del turismo y reinvierte cada peso en conservación. Ese sueño hoy es la Reserva Natural Villavicencio, que este jueves celebró su aniversario con la presencia del gobernador Alfredo Cornejo y directivos de Aguas de Origen (ADO), la alianza entre CCU Argentina y Danone.

Pero la historia de Villavicencio va mucho más allá de 2000, cuando se formalizó su creación por Resolución n.º 1065 de la Dirección de Recursos Naturales Renovables de Mendoza. Su origen se remonta al siglo XVII: en 1680, el capitán español Joseph Villavicencio, atraído por las puras vertientes termales y la belleza natural del lugar, se instaló en este oasis precordillerano, dando nombre al sitio y a sus famosas aguas minerales. Siglos después, en 1835, Charles Darwin recorrió la zona durante su viaje por Sudamérica y descubrió un bosque de araucarias fósiles cerca del territorio actual, un hallazgo que inspiró partes clave de El Origen de las Especies. El lugar también fue testigo del cruce de los Andes por el Ejército de San Martín en 1817, con el Monumento Canota marcando el sitio donde se dividieron las columnas libertadoras.

La idea de fundar la reserva moderna surgió en los años 90, impulsada por el Grupo Danone, que ya explotaba las aguas minerales desde principios del siglo XX. Tras adquirir las termas en 2000 –incluyendo el icónico Hotel Villavicencio, construido en 1940 y declarado Monumento Histórico Nacional en 2013–, la empresa vio en el predio un potencial para un modelo de conservación privada que integrara turismo de bajo impacto, protección hídrica y regeneración ecológica. “El compromiso de cuidar, conservar, proteger y preservar este espacio único nació de reconocer su valor histórico y natural, en un momento donde el Estado no podía asumir la gestión”, explica Silvina Giudici, directora de la reserva y de la Fundación Villavicencio, creada en 2014 para potenciar estas acciones. Así, lo que empezó como una posta de viajeros en el siglo XVI se transformó en un laboratorio vivo de sostenibilidad.

“Nos adelantamos mucho a lo que hoy se llama turismo regenerativo. Cada centavo que ingresa por turismo se invierte en conservación”, resumió Giudici, con visible emoción, durante el acto junto al histórico hotel, en el corazón del área protegida ubicada a 48 km de la capital provincial por la serpenteante Ruta 52. Allí se distinguió al personal que lleva 25 años en el terreno, a científicos que acompañan los proyectos y al artista José María Muñoz.

Una explosión de vida silvestre en la precordillera Villavicencio no es solo paisajes: es un santuario para la biodiversidad andina, con 240 especies de fauna distribuidas en tres ambientes –monte, cardonal y puna– que van desde los 900 hasta los 3.200 metros de altitud. Entre mamíferos destacan los guanacos (monumento provincial), pumas, zorros colorados y grises, maras (liebres patagónicas), vizcachas de la sierra, gatos del pajonal y gatos monteses, incluyendo el elusivo gato andino, especie en peligro crítico cuya presencia se confirmó en 2020 gracias a cámaras trampa instaladas por la Fundación y la ONG Alianza Gato Andino. Aves como cóndores andinos (emblema nacional), águilas moras, suri cordillerano (ñandú andino) y águila coronada (en recuperación poblacional) surcan los cielos, mientras reptiles (21 especies) y anfibios (3 especies) completan el ecosistema. Estos animales, muchos en vulnerabilidad, han visto sus poblaciones recuperarse gracias a monitoreos activos, control de especies invasoras y prohibición de caza, con guardaparques y Policía Rural patrullando las 72.000 hectáreas.

Logros que impactan

En estos 25 años la reserva consiguió hitos concretos:

  • 15 años consecutivos sin incendios forestales
  • Reducción del 91 % de residuos
  • 70 % de sostenibilidad económica
  • Más de 100.000 turistas y 5.000 estudiantes por año
  • Inclusión en la Lista Verde de la UICN (fue la única representante argentina en el último Congreso Mundial de la Naturaleza)
  • Declarada Sitio Ramsar por la protección de humedales
  • Integrante de la Red de Conservación del Cóndor Andino y monitoreo permanente del gato andino

El gobernador Cornejo no ocultó su admiración: “En el año 2000 había mucha vocación pero ningún recurso para sostener áreas protegidas. Este modelo privado es ejemplo y lo tenemos en la cabeza para replicar en otras áreas de la provincia”.

Un laboratorio vivo en la montaña

Con guardaparques, cámaras trampa y más de 20 investigaciones científicas activas, Villavicencio funciona como un laboratorio natural donde se controlan especies exóticas invasoras, se prohíbe la caza y se limita el ganado extensivo. Además, su programa de visitas educativas fue declarado de interés provincial y capacita anualmente a miles de alumnos. La reserva también alberga un rico patrimonio paleontológico, con fósiles de trilobites del Cámbrico y araucarias del Triásico, y sitios arqueológicos como petroglifos huarpes de los siglos IV al X.

Mirando al futuro, Giudici resumió el próximo desafío: “Transformamos un paisaje en un modelo y un compromiso en una red que une ciencia, comunidad, empresa y naturaleza. Los próximos 25 años serán seguir construyendo este camino para dejar un territorio más resiliente a las nuevas generaciones”.

Villavicencio no solo protege el agua que da vida al oasis mendocino y por donde cruzó el Ejército de los Andes; también demuestra que la conservación privada puede ser rentable, replicable y, sobre todo, necesaria. Un tesoro donde la historia humana y la fauna salvaje conviven en equilibrio, invitando a visitantes a ser parte de su legado.

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