Un reciente estudio publicado en la revista Water revela que Ecuador, Colombia y Uruguay son los tres países más vulnerables a las sequías en Sudamérica, un dato alarmante para una región considerada el continente más húmedo del planeta. Las investigadoras Emma Silverman y Johanna Engström, de la Universidad de Florida, analizaron la exposición, sensibilidad y capacidad de adaptación de los países sudamericanos frente a este fenómeno climático, que se intensifica por el cambio climático y la variabilidad natural.
Uruguay en el foco: alta exposición y poca preparación
Uruguay, a pesar de tener el PIB per cápita más alto de Sudamérica, se encuentra en el tercer puesto de vulnerabilidad. Según el estudio, el país enfrenta una alta exposición a las sequías debido a su estrés hídrico y una baja capacidad de adaptación, marcada por la ausencia de un plan nacional contra sequías y el hecho de que muy pocas tierras agrícolas cuentan con sistemas de riego. La sequía de 2022-2023 dejó en evidencia estas debilidades, con problemas en el suministro de agua potable y pérdidas económicas en el sector agropecuario.
El estudio destaca que Uruguay depende en un 80% de la energía hidroeléctrica, lo que lo hace especialmente sensible a la falta de precipitaciones. Por ejemplo, la sequía de 2008-2009 redujo la producción hidroeléctrica en un 20%, afectando significativamente el suministro energético nacional.
Ecuador: exposición y sensibilidad extremas en un paraíso tropical
Ecuador encabeza el ranking de vulnerabilidad, con una combinación letal de alta exposición y sensibilidad a las sequías. En términos de exposición, el país se ubica en el grupo de mayor riesgo junto con Argentina y Uruguay, principalmente por su estrés hídrico elevado, influido por la densidad de población y recursos hídricos renovables per cápita limitados, que lo exponen a mayores presiones en periodos secos. Esta vulnerabilidad se agrava en regiones andinas y amazónicas, donde la variabilidad climática como El Niño puede desencadenar déficits hídricos repentinos.
En cuanto a la sensibilidad, Ecuador es uno de los más afectados, empatado con Paraguay y Colombia. Esto se debe a su fuerte dependencia de la agricultura y ganadería, que representan un alto porcentaje del PIB, haciendo que la economía sea frágil ante la escasez de agua. Indicadores como la alta densidad de cabezas de ganado, la prevalencia de desnutrición, el acceso limitado a agua potable segura y la dependencia de la hidroelectricidad (que puede colapsar en sequías) amplifican los impactos en la soberanía alimentaria y la estabilidad social. Aunque no se detalla su capacidad de adaptación, el estudio infiere que es baja, con escaso riego en tierras cultivadas y ausencia de planes específicos contra sequías, lo que impide una respuesta efectiva.
Colombia: sensibilidad agrícola y exposición geográfica
Colombia ocupa el segundo lugar en vulnerabilidad, destacando por su alta sensibilidad a las sequías, compartida con Ecuador y Paraguay. Esta se vincula directamente a su economía agropecuaria, donde un gran porcentaje del PIB proviene de cultivos y ganadería que sufren con la falta de agua, aumentando el riesgo de pérdidas en la producción de alimentos y exportaciones. Factores como la densidad de ganado, el bajo índice de desarrollo humano en zonas rurales, la desnutrición y la dependencia de peces de agua dulce como fuente proteica hacen que las sequías golpeen con fuerza a la población vulnerable.
Aunque no se detalla explícitamente su exposición, el estudio la sitúa en niveles significativos, probablemente por el estrés hídrico en regiones como los Llanos Orientales y el Caribe, agravado por la densidad poblacional y la variabilidad de recursos hídricos. Similar a Ecuador, su capacidad de adaptación es limitada, con bajo porcentaje de tierras bajo riego, mínima desalinización y falta de protocolos nacionales contra sequías, lo que deja al país expuesto a eventos extremos sin herramientas para mitigarlos.
Un continente húmedo, pero no inmune
Sudamérica, con sus selvas tropicales y humedales, sufre sequías recurrentes que generan impactos devastadores. El artículo cita casos como la megasequía chilena iniciada en 2010, la peor en 1.000 años, que secó embalses y dejó a medio millón de personas dependiendo de camiones cisterna. En 2001, Brasil enfrentó restricciones energéticas por sequías, y en 2008-2009, Argentina perdió un 39% de su producción de cereales y 1,5 millones de cabezas de ganado.
Las autoras señalan que la agricultura y la ganadería, pilares de las economías sudamericanas, son especialmente vulnerables. Además, factores como la deforestación y el uso de incendios para clarear tierras agravan el riesgo de sequías, especialmente en la Amazonia.
Pasos hacia la resiliencia en Uruguay
En respuesta a estas problemáticas, Uruguay está tomando medidas. La construcción de una represa en Casupá, Canelones, busca aumentar la capacidad de almacenamiento de agua, lo que podría reducir la sensibilidad del país a las sequías. Además, la reciente creación de la Comisión Ejecutiva Interministerial para Asuntos de Riego, liderada por el exministro Tabaré Aguerre, apunta a desarrollar una política de riego sostenible para fortalecer la producción agropecuaria. Estas iniciativas responden a las lecciones dejadas por la sequía de 2023 y buscan mitigar los efectos de futuros eventos climáticos extremos.
Desafíos y oportunidades
El estudio subraya la importancia de mejorar la capacidad de adaptación. En Uruguay, implementar planes de desalinización de agua (evitando zonas con cianobacterias, como en el descartado proyecto Neptuno) y desarrollar un plan nacional contra sequías podrían mejorar significativamente su posición. Para Ecuador y Colombia, potenciar el riego, invertir en infraestructura hídrica y diversificar economías serían clave para bajar su vulnerabilidad. Aunque el país enfrenta limitaciones, estas acciones, junto con una gestión responsable del agua, podrían sacarlo del “podio” de la vulnerabilidad.
El cambio climático y la variabilidad natural seguirán desafiando a Sudamérica, pero con políticas adecuadas y el respaldo de la comunidad científica, países como Uruguay pueden estar mejor preparados para enfrentar un futuro más seco.