Hito científico en Chubut: siguen ballenas jorobadas por satélite

Sustentabilidad

Por primera vez en Argentina, ballenas jorobadas fueron marcadas con transmisores satelitales en Patagonia Azul. El seguimiento revela rutas migratorias, zonas clave de alimentación y refuerza el reclamo urgente por corredores marinos protegidos en el Atlántico Sur.

En las aguas salvajes y heladas del Atlántico Sur, donde el océano late como un pulso eterno, Argentina acaba de grabar un capítulo que estremece el alma: por primera vez en el país se han marcado con transmisores satelitales ballenas jorobadas, esos colosos acrobáticos de 16 metros y 40 toneladas que regresan una y otra vez a las costas vírgenes de Chubut. Lo que eran sombras fugaces se transformó en un mapa vivo de migraciones legendarias, zonas de alimentación febril y corredores biológicos que exigen protección urgente. Un hito que seduce, conmueve y obliga a repensar cómo convivimos con los últimos titanes del mar.

Durante décadas, la ballena jorobada fue un espejismo en el litoral chubutense. Desde 1929 no se registraban presencias estables hasta que, a partir de 2019, todo estalló. Hoy, en el Parque Provincial Patagonia Azul, más de 140 individuos han sido fotoidentificados por las huellas únicas de sus colas. Muchos regresan temporada tras temporada; algunos vienen desde el sur de Brasil, otros del canal Beagle o la Antártida. Un corredor costero secreto une São Paulo con las Georgias del Sur, deteniéndose en el norte del Golfo San Jorge para alimentarse y socializar con una intensidad que corta la respiración.

El rastreo satelital no surgió por azar. Cinco años de fotoidentificación revelaron patrones obsesivos: las mismas colas volviendo año tras año. Esa lealtad encendió la pregunta que solo la tecnología podía contestar: ¿dónde se esfuman estos gigantes cuando abandonan nuestras costas? ¿Qué rutas de miles de kilómetros atraviesan? ¿Qué peligros los acechan en sus viajes épicos? La respuesta llegó en la última temporada: tres ejemplares marcados por primera vez en Argentina, en un operativo de precisión quirúrgica que exigió acercarse a apenas cinco metros del animal.

Tecnología que desnuda el mar

 Con expertos de la Universidad de California Santa Cruz se colocaron transmisores intradérmicos en la capa de grasa de más de 20 cm, mediante rifle neumático. Los dispositivos, conectados a satélites de órbita baja, envían ubicación con precisión de cientos de metros cada vez que la ballena emerge a respirar. El propio cuerpo los expulsa tras semanas o meses, pero ese tiempo es oro: revela áreas de uso, zonas de alimentación y permanencia prolongada en apenas 300 kilómetros cuadrados.

Estas ballenas no solo alimentan el océano: son campeonas absolutas contra el cambio climático. Cada gran ballena —jorobada o franca austral— secuestra en promedio 33 toneladas de CO₂ a lo largo de su vida. Cuando muere y se hunde en las profundidades abisales, ese carbono queda encerrado por siglos en el fondo marino. Su excremento rico en hierro fertiliza el fitoplancton, que captura hasta el 40 % del carbono planetario. En Patagonia Azul, cada jorobada que se sacia aquí actúa como un escudo vivo: transforma el mar en una fábrica natural de oxígeno y captura masiva de carbono.

Ballenas francas en Valdés

Mientras las jorobadas irrumpen con fuerza, las ballenas francas australes celebran su propio triunfo épico. En 2025, el censo aéreo en Península Valdés marcó un récord histórico: 2.110 ejemplares, con 826 madres con crías, 77 grupos de cópula y 381 solitarios. De apenas 500 en los años 70, esta población creció a tasas del 7 % anual durante décadas gracias a la protección estricta. Las jorobadas siguen el mismo camino de resurrección: lo que empezó como apariciones esporádicas hoy es una recuperación imparable.

Los primeros datos satelitales ya son reveladores. Dos ejemplares permanecen largo tiempo dentro y fuera del Parque Patagonia Azul. El tercero se movió hacia Rocas Coloradas, dibujando un puente natural entre áreas protegidas. Esta movilidad grita la necesidad urgente de corredores biológicos marinos que unan zonas de alimentación y reproducción.

El rastreo confirma que el Golfo San Jorge es zona de alimentación intensiva. Por eso, más de 30 organizaciones reclaman la creación inmediata de nuevas áreas marinas protegidas “sin extracción” frente al golfo: reservas no-take libres de pesca industrial y exploración hidrocarburífera. Estas zonas blindarían corredores vitales, multiplicarían la captura de carbono y protegerían el ecosistema ante amenazas crecientes, convirtiendo el Golfo San Jorge en un santuario de vida y clima.

Pulso económico

Fuera de las zonas seguras acechan colisiones con barcos, competencia con la pesca, contaminación acústica y el krill alterado por el calentamiento. Cada dato recolectado es una herramienta para priorizar sitios críticos y diseñar santuarios donde puedan alimentarse sin interrupciones.

Estas ballenas enriquecen el ecosistema y disparan economías locales. En Península Valdés el avistaje atrae casi 100.000 turistas al año (95.197 en 2024). Patagonia Azul acelera el boom: de 45.000 visitantes en 2014 a más de 108.000 en 2020, con proyecciones explosivas gracias al turismo regenerativo. Cada jorobada que regresa es un imán que multiplica empleo, hotelería y gastronomía en comunidades que viven del mar.

Con más energía acumulada en estas aguas frías, el éxito reproductivo mejora. Lo que era suposición hoy es ciencia: las jorobadas eligen Patagonia Azul para alimentarse intensamente, ahorrar fuerzas y preparar el viaje de regreso. El futuro se anuncia con más ejemplares, más cantos submarinos y más colas emergiendo como banderas de victoria.

 

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