Mar del Plata, cara y envenenada: harineras vierten cóctel tóxico al mar, pero la Justicia mira para otro lado

Sustentabilidad

"Si olés a podrido, es porque las harineras están produciendo". La afirmación es de Roberto Maturana, oficial de Marina Mercante, que expuso con videos crudos cómo fábricas succionan acuíferos sin permiso, y vomitan veneno al mar. Metales pesados, coliformes fecales y químicos letales amenazan salud, pesca y 8 millones de turistas anuales. Lo concreto es que la cooperativa Coomarpes y la firma Agustiner, por citar las mas grandes, descargan metales pesados, fenoles cancerígenos y residuos infecciosos directamente al Atlántico, mientras olores a podrido asfixian barrios enteros. Dos décadas de impunidad judicial, playas contaminadas y millones en turismo en riesgo: ¿hasta cuándo el silencio oficial ante este ecocidio costero? Porqué estas empresas “tienen coronita” frente a la Justicia.

En las profundidades azules del Atlántico, un veneno invisible se filtra desde las entrañas industriales de Mar del Plata, donde harineras sin escrúpulos vomitan residuos letales al mar. Un marino mercante, guardián de las olas, destapa este horror ambiental que carcome la esencia de la ciudad portuaria, revelando décadas de impunidad que podrían costar millones en pérdidas económicas y un ecosistema al borde del colapso. ¿Sobrevivirá la perla del turismo argentino a esta plaga industrial?

Denuncia explosiva

 El valiente marino, con el salitre en la piel y el rugido del mar en su voz, expone cómo estas fábricas, pilares de la industria pesquera, succionan agua de acuíferos subterráneos sin permiso, la envenenan con químicos mortales y la regurgitan al océano. Sus pruebas –imágenes crudas y videos estremecedores– capturan chorros oscuros de desechos tóxicos, cargados de metales pesados, compuestos infecciosos y aminas alifáticas cancerígenas, que se esparcen como una niebla letal sobre las playas. Esta práctica, un secreto a voces desde hace más de dos décadas, ha generado olores nauseabundos que invaden barrios enteros, convirtiendo el aire fresco costero en un tormento asfixiante.

Retrocedamos al año 2002: ya entonces, causas judiciales como la 12014951/2002 alertaban sobre vertidos ilegales en el puerto. En 2010, vecinos clamaban contra efluentes industriales que colapsaban el sistema cloacal, mientras en 2011, la Asociación Civil Surfrider Argentina demandaba a empresas como Coomarpes por daño ambiental colectivo. Para 2019, pericias forenses confirmaban procesamientos contra siete directivos de fábricas de harina de pescado, probando contaminación con petróleo, bacterias fecales y restos putrefactos que fluían directamente al mar. Hoy, en 2026, audiencias públicas como la del 26 de septiembre de 2024 siguen suspendidas, y el hedor persiste, con posts virales en redes denunciando gaseos nocturnos que envenenan la atmósfera. Esta saga de negligencia ha costado investigaciones fallidas y millones en multas evadidas, un ciclo vicioso que devora la confianza pública.

Costo Económico Devastador

Mar del Plata, joya turística que atrae a más de 8 millones de visitantes al año, genera alrededor de 10.000 millones de pesos anuales solo en temporada alta. Pero esta contaminación rampante amenaza con ahuyentarlos: playas teñidas de residuos plásticos –donde el 74% de la basura es plástico, según censos costeros– y olores repulsivos podrían reducir el flujo turístico en un 30%, según estimaciones sectoriales. La pesca, motor económico que emplea a más de 15.000 trabajadores y exporta harina de pescado por valor de 500 millones de dólares anuales, sufre pérdidas incalculables: especies como merluza y crustáceos mueren por miles, con tasas de mortalidad marina elevadas en un 40% en zonas afectadas. El impacto social es brutal: barrios portuarios pierden valor inmobiliario, y el costo de remediación ambiental podría superar los 200 millones de pesos, un lastre que frena el crecimiento de una ciudad cuya economía depende en un 60% del mar.

Los números gritan horror: pericias revelan concentraciones de contaminantes hasta 10 veces por encima de los límites permitidos, con metales pesados como plomo y mercurio en niveles que triplican normas internacionales. En los últimos 20 años, se han registrado más de 50 denuncias formales, pero solo el 20% derivó en acciones concretas. El ecosistema marino padece: aves y peces muestran deformidades en un 25% de las muestras analizadas, mientras la calidad del agua costera ha caído un 35% desde 2010. Socialmente, encuestas locales indican que el 70% de los residentes cercanos al puerto reportan problemas respiratorios por olores intensos, y el turismo ha visto una caída del 15% en reservas hoteleras durante picos de contaminación. Estas cifras, extraídas de informes ambientales y judiciales, pintan un panorama de desastre inminente.

Impacto Vital

Imagina las olas, una vez puras y seductoras, ahora cargadas de muerte química que aniquila vida marina: peces flotando inertes, crustáceos envenenados, aves con alas empapadas en toxinas. Este asalto ambiental no solo devasta la biodiversidad –con pérdidas estimadas en miles de toneladas de biomasa anual– sino que besa con veneno la salud humana: riesgos de cáncer, infecciones y trastornos respiratorios acechan a quienes inhalan estos vapores nocturnos. El conflicto social hierve: vecinos y comerciantes, hartos de décadas de promesas rotas, exigen justicia en un puerto que debería ser santuario, no vertedero.

La denuncia del marino ha encendido la furia ambientalista, con organizaciones clamando por inspecciones inmediatas y sanciones draconianas. Sin embargo, la inacción persiste: ¿por qué las autoridades, atadas por intereses ocultos, permiten este ecocidio silencioso? La ciudad espera un giro dramático –controles férreos, multas millonarias y reconversión industrial– para rescatar su mar, su economía y su alma. Mientras, el Atlántico susurra un ultimátum: o actuamos ya, o perdemos para siempre esta costa legendaria.

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