¿Contaminar sale rentable en 2025? La brecha de costes en CO2 frena la descarbonización industrial en España y Europa

Sustentabilidad

En un contexto de crisis climática global y negociaciones clave en la COP30, el modelo europeo de comercio de emisiones revela una paradoja económica que beneficia a la industria: emitir CO2 sale hasta dos veces más barato que capturarlo, según un informe de BBVA Research. Esta brecha de costes ha permitido a las empresas españolas ahorrar más de 16.200 millones de euros entre 2016 y 2024, pero amenaza con desbaratar los objetivos de reducción del 90% en gases de efecto invernadero para 2040 en la Unión Europea. Con el sector industrial español responsable del 33% de las emisiones nacionales –10 puntos por encima de la media global–, expertos alertan sobre un freno en la transición energética que podría costar billones en pérdidas económicas si no se corrige.

Mientras el mundo debate en Brasil el futuro del planeta, en Europa la Directiva de Emisiones de Carbono (ETS) se presenta como un pilar de la descarbonización, pero sus incentivos históricos han convertido la contaminación en un negocio redondo. Bajo el Sistema de Comercio de Emisiones de la UE, el precio por tonelada de CO2 emitido oscila en torno a los 60 euros, gracias a la asignación gratuita de derechos que ha suavizado el impacto para la industria. En contraste, implementar tecnologías de captura, uso y almacenamiento de carbono (CCUS) –clave para sectores "difíciles de abatir" como el cemento, la química y la metalurgia– eleva el coste a entre 100 y 200 euros por tonelada, una diferencia que hace impracticable la inversión inmediata para muchas firmas.

Los números son elocuentes y revelan el alcance del problema. Según BBVA Research, entre 2016 y 2024, la industria española generó emisiones de CO2 valoradas en 17.514 millones de euros, pero solo desembolsó menos de 1.300 millones en pagos reales, gracias a esos derechos gratuitos. Este ahorro neto de 16.200 millones representa un subsidio implícito que ha impulsado la competitividad, pero a costa de posponer la innovación verde. En España, donde el sector industrial emite el 33% del total nacional (frente al 23% promedio europeo), esta dinámica ha permitido un crecimiento económico sostenido: el PIB industrial creció un 2,8% anual en la última década, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), pero con un aumento del 15% en emisiones en subsectores como la siderurgia.

El impacto se extiende a la balanza macroeconómica. La UE, con un presupuesto total de 199.440 millones de euros para 2025, destina solo el 3,5% (unos 7.000 millones) a fondos de transición justa, insuficiente para cerrar la brecha. Proyecciones de la Comisión Europea estiman que, sin reformas, el coste de inacción climática podría restar el 7% del PIB comunitario para 2050, equivalente a 1,2 billones de euros. En España, el Plan Nacional de Energía y Clima (PNIEC) prevé invertir 72.000 millones de euros hasta 2030 en descarbonización, pero la falta de una hoja de ruta específica para CCUS –vista como "tecnología de último recurso"– limita su avance. Proyectos piloto, como los en la refinería de Repsol en Tarragona, tardan 8-10 años en madurar, y el riesgo geológico (España produce solo el 0,5% de hidrocarburos europeos) disuade inversiones.

Expertos como Julián Cubero, de BBVA Research, señalan 2026 como punto de inflexión: la eliminación gradual de derechos gratuitos elevará el precio del ETS a 80-100 euros/tonelada, haciendo viable la CCUS. "El cambio será económico antes que ambiental", afirma Charles Kirby, de EY, quien calcula que un alza del 20% en precios de carbono podría generar 15.000 millones de euros anuales en ingresos para reinvertir en captura. Sin embargo, la concentración de CO2 en procesos industriales –con gases diluidos que encarecen la captura un 30% adicional– complica el panorama. En el sector cementero español, responsable del 8% de emisiones nacionales, las firmas como Cemex han reducido solo un 5% su huella desde 2020, pese a metas del 55% para 2030.

Esta distorsión no es solo española: a nivel global, el Informe McKinsey sobre Transición Verde 2025 advierte que la brecha de costes frena el 40% de las inversiones en CCUS, con solo 50 proyectos operativos mundiales capturando 45 millones de toneladas anuales –menos del 0,1% de emisiones globales. En Europa, el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM), aplicado desde 2023, grava importaciones con un impuesto verde equivalente al ETS, protegiendo la competitividad, pero elevando costes para importadores en un 10-15%. Para España, exportadora neta de acero y químicos (valor de 25.000 millones de euros anuales), esto podría significar una pérdida de 2.500 millones si no se acelera la transición.

La viralidad de este dilema radica en su ironía: mientras gobiernos prometen neutralidad climática para 2050, las empresas calculan que contaminar sigue siendo el atajo más rentable. Con el Parlamento Europeo pactando recortes del 90% en emisiones para 2040, la presión crece. En España, donde el crecimiento del PIB verde se proyecta en 1,5% anual hasta 2030 (según el Ministerio para la Transición Ecológica), urge un pacto público-privado. Inversiones en hidrógeno verde –con pilotos que capturan 1 millón de toneladas de CO2 al año– y subsidios directos podrían equilibrar la balanza, pero el reloj climático no espera. ¿Pagará la industria el precio de su "ahorro" pasado, o Europa fallará en su apuesta verde?

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