El presidente de Estados Unidos, Donald Trump firmó una serie de decretos que, según se jactó, expandirían la minería y el uso de carbón dentro de Estados Unidos, en un intento por impulsar el auge de los centros de datos que consumen mucha energía, y revivir la industria estadounidense de combustibles fósiles en decadencia. Pero por su lado, el Departamento de Defensa de EE. UU. anunció que decidió abandonar sus programas de cambio climático, tras una década de inversión que resultó en “escasos beneficios y un gasto excesivo”. Iniciativas como el proyecto "Great Green Fleet" de la Marina vigente desde 2009. O el uso de combustibles sostenibles por parte de la Fuerza Aérea, fueron considerados ineficaces y costosos, llevando a la conclusión de que estas medidas no son esenciales para la preparación militar.
La semana pasada Trump dijo que “estamos poniendo fin a la guerra de Joe Biden contra el carbón limpio y hermoso. Y no fue solo Biden, también fue Obama”. El mandatario calificó a los mineros como “grandes patriotas estadounidenses”, a los mineros presentes respondieron con risas y gestos de aprobación. Previo a ese acto, el flamante secretario de Defensa y presentador televisivo, Pete Hegseth, declaró que la prioridad ahora es mejorar las capacidades bélicas, en lugar de seguir con políticas ambientales que no demostraron impacto significativo en las emisiones globales. Con este cambio, se busca redirigir fondos hacia necesidades operativas inmediatas y, dejar atrás lo que se considera un enfoque ideológico, sin beneficios estratégicos claros.
El Departamento de Defensa de los Estados Unidos decidió poner fin a sus programas climáticos, que se habían prolongado durante una década y que incluyeron iniciativas como el costoso proyecto de biocombustibles “Great Green Fleet” de la Armada y la dependencia de la Fuerza Aérea en el ineficiente “Combustible de Aviación Sostenible” (SAF). El “Great Green Fleet” fue una iniciativa para reducir el consumo energético de la flota norteamericana. El programa se anunció en 2009 y se basó en el uso de una mezcla de biocombustibles y combustible diésel convencional. Se llamó así en homenaje a la Gran Flota Blanca de Theodore Roosevelt.
El primer ensayo del “Great Green Fleet” se realizó en 2012 durante el ejercicio RIMPAC (Rim of the Pacific). Dos buques fueron el ejemplo de esta iniciativa: el USS John C. Stennis Carrier Strike Group que usó energía nuclear, eficiencia energética y combustibles alternativos; y, el USS Makin Island, que utilizó una mezcla de combustible diésel-biocombustible y tenía un sistema de propulsión híbrido eléctrico-diésel. En tanto que el SAF es un combustible alternativo producido a partir de materias primas no fósiles para el transporte aéreo. Se produce a partir de desechos y residuos, principalmente de aceite de cocina usado que reduce al menos un 65% las emisiones de emisiones CO2. Según la administración de Trump, estos esfuerzos resultaron en reducciones mínimas de emisiones, mientras que se desperdiciaron miles de millones de dólares.
Además, según surge un nuevo estudio de Transport And Environment (T&E), un ingrediente clave para el "diésel renovable" que se vende en Europa es probablemente fraudulento. El estudio de T&E sujeto a investigación encontró que casi el doble de los lodos residuales de la producción de aceite de palma se mezclan en biocombustibles europeos de lo que está disponible a nivel mundial. Oficialmente, en 2023 se consumieron más de dos millones de toneladas de aceite POME en biocombustibles europeos, lo que está muy por encima del millón de toneladas que se estima que estará disponible a nivel mundial.
Cambio de prioridades
Bajo la dirección del Secretario Pete Hegseth, Departamento de Seguridad Interior (DHS) dejó de considerar la mitigación del cambio climático como una prioridad, considerándola no esencial para la preparación militar. Como consecuencia, programas como los vehículos eléctricos para el campo de batalla y el SAF están siendo desechados por ser considerados imprácticos y derrochadores.
Los mandatos del presidente Biden sobre alcanzar cero emisiones netas para 2050 llevaron al ejército hacia objetivos poco realistas, tales como la electrificación de vehículos tácticos y el uso de biocombustibles, que no ofrecen ventajas tácticas y enfrentan barreras tecnológicas significativas. Si bien las medidas de adaptación climática, como las barreras contra inundaciones, son consideradas prácticas, los intentos por mitigar las temperaturas globales a través de políticas militares son vistos como fútiles. Estas iniciativas fueron catalogadas como gastos ideológicos sin beneficios ambientales o estratégicos medibles.
La elección de Trump marcó un cambio relevante en esa tendencia. Se considera que la era de gastar recursos públicos en combatir enemigos invisibles llegó a su fin. La percepción general es que se malgastó tiempo, dinero y recursos en una lucha contra temores infundados.
La administración Biden enfrentó obstáculos significativos en su impulso por un ejército con cero emisiones netas para 2050, debido a experimentos costosos con biocombustibles y transiciones poco prácticas hacia vehículos eléctricos. Ahora, bajo el liderazgo del Secretario Hegseth, el Pentágono está abandonando la mitigación del cambio climático, considerándola una distracción derrochadora de recursos destinados a la preparación militar.
Buques con biocombustibles
A lo largo de más de diez años, el ejército estadounidense persiguió agresivamente programas climáticos. El proyecto “Great Green Fleet”, lanzado en 2011 bajo el mando del Secretario Ray Mabus, buscaba alimentar buques con biocombustibles. Sin embargo, dicen que la iniciativa fracasó debido a altos costos y problemas logísticos. Para 2017, la Armada había invertido 57.000 millones de dólares en combustibles alternativos, pero el 99% de su flota seguía dependiendo del petróleo.
El Secretario Hegseth afirmó recientemente: “El Departamento de Defensa no se ocupa del cambio climático. Nos dedicamos al entrenamiento y a la guerra.” Esta declaración marca un notable giro respecto a administraciones anteriores. Desde entonces, el
Mientras tanto, la Academia de la Guardia Costera eliminó el cambio climático de su currículo, enfocándose nuevamente en necesidades operativas inmediatas en lugar de metas ambientales a largo plazo.
A pesar del gasto multimillonario en políticas climáticas militares, no se observó un efecto discernible en los niveles globales de CO2. El Departamento de Defensa consume aproximadamente 4.600 millones de galones de combustible anualmente (unos 17.413 millones de litros), siendo las aeronaves responsables del 76% de estas emisiones. A diferencia del sector civil, las operaciones militares requieren fiabilidad sobre sostenibilidad, lo que hace inviable alternativas hidrocarburadas. Con las ambiciones netas cero del gobierno Biden chocando con las realidades del Pentágono, ahora se prioriza la preparación para combate sobre el cumplimiento climático. La era experimental verde está llegando a su fin; sin embargo, el debate sobre las prioridades defensivas apenas comienza.