América Latina enfrenta una paradoja energética sin precedentes: mientras la capacidad de energía renovable supera los 110 GW y sigue creciendo a ritmo récord, miles de gigavatios-hora se pierden cada año por redes eléctricas saturadas. El fenómeno del “curtailment” ya genera pérdidas por más de US$ 1.500 millones anuales, con países como Argentina, Chile y Brasil atrapados en un sistema que no logra transportar su propia energía limpia. El desafío ya no es producir más, sino evitar que la electricidad se desperdicie.
La revolución de la energía limpia en América Latina está chocando contra su propio éxito: gigavatios de electricidad que se pierden, precios que se desploman a cero y redes incapaces de absorber el boom solar y eólico. Con más de 110 GW instalados y pérdidas que ya superan los 1.500 millones de dólares anuales, la región enfrenta una falla estructural que amenaza con convertir la abundancia energética en desperdicio masivo.
El problema no es la escasez. Es el exceso. América Latina produce cada vez más energía renovable… pero no logra usarla. Lo que parecía una promesa de abundancia se está convirtiendo en una anomalía energética: electricidad limpia que se descarta porque simplemente no hay cables suficientes para transportarla.
Entre 2015 y 2024, la capacidad instalada solar y eólica pasó de menos de 20 GW a más de 110 GW, un salto superior al 400%. En términos de inversión, esto implicó más de US$ 180.000 millones acumulados en proyectos renovables en la región, según estimaciones del sector energético. Sin embargo, en ese mismo período, la expansión de redes eléctricas creció apenas entre 1% y 2% anual, muy por debajo del ritmo necesario.
Resultado
El resultado es brutal: una parte creciente de la energía generada nunca llega a los consumidores.
El cuello de botella es la transmisión. Las líneas de alta tensión, que deberían funcionar como arterias del sistema energético, se han convertido en un sistema colapsado. En toda América Latina existen aproximadamente 1,6 millones de kilómetros de líneas eléctricas, pero menos del 15% corresponde a alta tensión eficiente para largas distancias. El desfasaje es estructural. Mientras un parque solar puede construirse en 12 a 18 meses, una línea de transmisión de 500 kV puede tardar entre 5 y 10 años, incluyendo permisos, financiamiento y ejecución. Además, el costo promedio de estas obras oscila entre US$ 1 millón y US$ 2,5 millones por kilómetro.
Chile es el laboratorio extremo del colapso renovable. En 2023, el sistema eléctrico registró un desperdicio superior a 2.000 GWh de energía solar, equivalente al 15% de su producción fotovoltaica total. Esa cifra alcanza para abastecer a más de 700.000 hogares durante un año. En días de máxima radiación, los precios en el norte llegaron a niveles negativos de hasta -US$ 5 por MWh, un fenómeno impensado hace apenas una década. La razón: la imposibilidad de trasladar esa energía hacia Santiago, donde se concentra más del 40% de la demanda eléctrica del país.
Brasil, el gigante energético regional, también enfrenta pérdidas crecientes. Con más de 45 GW combinados de eólica y solar, el país experimenta recortes de hasta 8% en parques eólicos del nordeste, especialmente en estados como Bahía y Río Grande do Norte. En 2024, se estima que más de 6.000 GWh de energía eólica no pudieron ser inyectados al sistema en determinados períodos. A precios promedio de mercado, esto representa pérdidas cercanas a los US$ 400 millones anuales.
México combina potencial con restricciones. A pesar de contar con irradiación solar superior a 2.200 kWh/m²/año en varias regiones, la saturación de nodos eléctricos limita nuevas conexiones. En algunos casos, los proyectos deben operar al 60% o 70% de su capacidad nominal, reduciendo su rentabilidad y frenando inversiones futuras.
Argentina
Argentina exhibe una paradoja aún más dramática: energía desperdiciada en un país que todavía importa energía. Desde el programa RenovAr, la capacidad renovable pasó de menos de 1 GW en 2016 a casi 6 GW en 2025, con inversiones superiores a US$ 7.000 millones.
La Patagonia registra factores de capacidad eólica superiores al 50%, uno de los mejores del mundo. Sin embargo, la red de transmisión hacia el Área Metropolitana de Buenos Aires —que concentra más del 45% del consumo eléctrico nacional— está virtualmente saturada.
Estimaciones privadas indican que entre 2% y 5% de la generación eólica se pierde en momentos de alta producción. Esto equivale a entre 300 y 800 GWh anuales, suficiente para abastecer a más de 200.000 hogares.
En el norte, el parque solar Cauchari del estado jujeño, con más de 300 MW, enfrenta limitaciones similares. La energía generada en Jujuy debe recorrer más de 1.500 kilómetros para llegar a los centros de consumo, pero la capacidad de evacuación es insuficiente.
El atraso en infraestructura es evidente: Argentina posee cerca de 36.000 km de líneas de alta tensión, una cifra prácticamente estancada en la última década. Para revertir el cuello de botella, se estima que el país debería invertir entre US$ 8.000 y US$ 12.000 millones en transmisión antes de 2035.
Costos
El impacto económico del desperdicio energético es devastador. Cada MWh no utilizado implica ingresos perdidos, subsidios distorsionados y menor eficiencia sistémica.
A nivel regional, las pérdidas por “curtailment” ya superan los 10.000 GWh anuales, con un costo estimado superior a US$ 1.500 millones. Si se proyecta el crecimiento actual, ese número podría duplicarse antes de 2030.
En Asia, el problema ya fue detectado antes. China llegó a desperdiciar más del 17% de su energía eólica en 2016, mientras que India superó el 10% en algunos estados. La diferencia es que estos países invirtieron más de US$ 300.000 millones en redes eléctricas en la última década, reduciendo progresivamente el problema. América Latina, en cambio, invierte menos del 0,5% de su PBI energético en transmisión, muy por debajo del estándar recomendado.
El almacenamiento aparece como tabla de salvación. El costo de las baterías de litio cayó de US$ 1.200 por kWh en 2010 a menos de US$ 150 en 2024, una reducción superior al 85%. Chile lidera con más de 1 GW en proyectos de almacenamiento, mientras que Brasil y Argentina avanzan más lentamente. Las baterías permiten desplazar energía en el tiempo, pero no resuelven por sí solas el problema de transporte.
La transición energética está entrando en una fase crítica. Ya no alcanza con generar energía limpia: hay que poder moverla, almacenarla y administrarla.,El riesgo es claro: que la región más rica en recursos renovables del planeta termine simbolizando el mayor desperdicio energético del siglo XXI. El colapso oculto ya está en marcha. Y sus cifras no dejan margen para la duda.
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