Entre la tradición y el turismo: el drama oculto de los elefantes cautivos en la India

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El tráfico se detiene cerca del Fuerte Amber, a 11 kilómetros de Jaipur, en el norte de la India, cuando una procesión de elefantes avanza lentamente entre los tuctucs. Sus trompas están cubiertas de pintura colorida, los ojos delineados, y sobre sus lomos viajan los mahouts, sus cuidadores. El sol del mediodía cae implacable mientras los animales regresan a los santuarios, exhaustos tras una jornada de trabajo turístico.

Durante siglos, el elefante ha sido un símbolo sagrado en la India. Con más de 27.000 ejemplares, el país alberga la mayor población de elefantes asiáticos del mundo, aunque sus condiciones de vida varían drásticamente. En el sur, regiones como Kerala aún conservan comunidades salvajes, pero en el norte, especialmente en Rajastán, los elefantes viven exclusivamente en cautiverio, la mayoría dentro de centros turísticos.

De los templos al turismo masivo

Lo que alguna vez fueron espacios de rescate y protección se transformó en una industria turística millonaria. Solo en el Fuerte Amber, unos 125 elefantes suben y bajan cada día la colina que lleva al complejo palaciego, transportando a cientos de visitantes. En todo el país, entre 2.700 y 3.500 elefantes viven en cautiverio, y más del 75% participa en actividades turísticas como paseos, baños o espectáculos.

Según el Informe Económico 2024-2025 del Gobierno de Rajastán, el turismo representa el 15% del PIB estatal, lo que ha impulsado la proliferación de centros que ofrecen experiencias con animales. Pero ese crecimiento ha tenido un alto costo ético y ambiental.

El informe "Elephants Not Commodities" de la organización World Animal Protection (WAP) advierte que definir a los elefantes como “domesticados” es engañoso. Aunque conviven con humanos, mantienen los instintos salvajes de su especie. “Hablar de domesticación oculta un proceso muy diferente: el adiestramiento forzoso para garantizar la obediencia”, sostiene el documento.

Falta de regulación y abusos encubiertos

No todos los santuarios cumplen con los estándares de bienestar animal. Geeta Seshamani, cofundadora de Wildlife SOS, explica que algunos centros son auténticos refugios, pero otros operan como simples atracciones turísticas. “Muchas instalaciones carecen de espacio y herramientas para fomentar el comportamiento natural de los elefantes. Esto provoca trastornos articulares, estrés y conductas repetitivas”, advierte.

Varios estudios confirman que muchos elefantes sufren aislamiento, falta de sueño, nutrición deficiente y el uso constante de howdahs (sillas de montar rígidas) que les provocan heridas y dolor crónico.

Un caso emblemático es el de Malti, una elefanta que trabajó durante años en el Fuerte Amber y fue rescatada tras una campaña de PETA India. “Más de 120 veterinarios firmaron un documento que probaba su sufrimiento psicológico. Necesitaba rehabilitación urgente”, recuerda Khushboo Gupta, directora de proyectos de la organización.

Otro episodio que reavivó el debate ocurrió en 2024, cuando el elefante Gouri atacó a un turista. Las imágenes del incidente se viralizaron y desataron una fuerte discusión sobre los límites del turismo con animales. “Estos ataques no son casuales. Son el resultado de años de estrés y frustración”, explica Gupta.

Los mahouts: guardianes y víctimas del sistema

La relación entre los elefantes y sus mahouts —los cuidadores que los acompañan desde su infancia— es uno de los pilares de esta tradición. Sin embargo, detrás del vínculo espiritual se esconde una realidad económica precaria.

“Unas 15.000 personas dependen directamente de los 65 elefantes del pueblo”, afirma Ballu Khan, presidente del Comité de Desarrollo del Pueblo de los Elefantes en Jaipur. “Las tarifas por paseo se redujeron drásticamente. Muchos mahouts ganan menos que antes, mientras los costos de alimentación se disparan”.

Kumar, un joven cuidador, cuenta que alimentar a Padma, su elefanta de 35 años, cuesta más de 4.000 rupias diarias. “Consume más de 260 kilos de comida al día. Mantenerla es casi imposible”, lamenta. “Antes esto era un orgullo familiar, ahora es una carga que muchos ya no pueden sostener”.

Entre la ley y la tradición

El marco legal tampoco ha favorecido la situación. En 2021, el Gobierno de Rajastán retiró de los paseos a 10 elefantes por problemas de salud, pero las enmiendas a la Ley de Protección de la Fauna Silvestre (2022) y las Normas para el Traslado de Elefantes en Cautividad (2024) ampliaron los supuestos que permiten mantener animales con fines religiosos o culturales, lo que según activistas facilita la explotación.

“Los elefantes son los únicos animales salvajes que pueden ser poseídos por particulares. Aunque su venta está prohibida, muchos se trasladan bajo el pretexto de donaciones o regalos”, denuncia Gupta. “En nombre del turismo, estamos convirtiendo un símbolo nacional en una mercancía exótica. La pregunta es: ¿a qué precio?”.

El desafío del futuro

Mientras los turistas siguen haciendo fila en el Fuerte Amber, las organizaciones defensoras de los animales presionan por una reforma profunda que garantice el bienestar de los elefantes y un turismo ético y sostenible. La India se enfrenta al dilema de proteger su patrimonio cultural y espiritual sin seguir condenando a sus elefantes al sufrimiento silencioso del cautiverio.

 

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